Fieles Difuntos

Nov 1, 2022

Memoria litúrgica, 2 de noviembre

Por: Tere Fernández | Fuente: Catholic.net

Conmemoración de todos los fieles difuntos. La Santa Madre Iglesia, después de
su solicitud en celebrar con las debidas alabanzas la dicha de todos sus hijos
bienaventurados en el cielo, se interesa ante el Señor en favor de las almas de
cuantos nos precedieron con el signo de la fe y duermen en la esperanza de la
resurrección, y por todos los difuntos desde el principio del mundo, cuya fe sólo
Dios conoce, para que, purificados de toda mancha del pecado y asociados a los
ciudadanos celestes, puedan gozar de la visión de la felicidad eterna.

Un poco de historia
La tradición de rezar por los muertos se remonta a los primeros tiempos del
cristianismo, en donde ya se honraba su recuerdo y se ofrecían oraciones y
sacrificios por ellos.

Cuando una persona muere ya no es capaz de hacer nada para ganar el cielo; sin
embargo, los vivos sí podemos ofrecer nuestras obras para que el difunto alcance
la salvación.
Con las buenas obras y la oración se puede ayudar a los seres queridos a
conseguir el perdón y la purificación de sus pecados para poder participar de la
gloria de Dios.

A estas oraciones se les llama sufragios. El mejor sufragio es ofrecer la Santa
Misa por los difuntos.
Debido a las numerosas actividades de la vida diaria, las personas muchas veces
no tienen tiempo ni de atender a los que viven con ellos, y es muy fácil que se
olviden de lo provechoso que puede ser la oración por los fieles difuntos. Debido a
esto, la Iglesia ha querido instituir un día, el 2 de noviembre, que se dedique
especialmente a la oración por aquellas almas que han dejado la tierra y aún no
llegan al cielo.

La Iglesia recomienda la oración en favor de los difuntos y también las limosnas,
las indulgencias y las obras de penitencia para ayudarlos a hacer más corto el
periodo de purificación y puedan llegar a ver a Dios. «No dudemos, pues, en
socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos».
Nuestra oración por los muertos puede no solamente ayudarles, sino también
hacer eficaz su intercesión a nuestro favor. Los que ya están en el cielo interceden

por los que están en la tierra para que tengan la gracia de ser fieles a Dios y
alcanzar la vida eterna.
Para aumentar las ventajas de esta fiesta litúrgica, la Iglesia ha establecido que si
nos confesamos, comulgamos y rezamos el Credo por las intenciones del Papa
entre el 1 y el 8 de noviembre, “podemos ayudarles obteniendo para ellos
indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por
sus pecados”. (CEC 1479 costumbres y tradiciones.
El altar de muertos
Es una costumbre mexicana relacionada con el ciclo agrícola tradicional. Los
indígenas hacían una gran fiesta en la primera luna llena del mes de noviembre,
para celebrar la terminación de la cosecha del maíz. Ellos creían que ese día los
difuntos tenían autorización para regresar a la tierra, a celebrar y compartir con
sus parientes vivos, los frutos de la madre tierra.
Para los aztecas la muerte no era el final de la vida, sino simplemente una
transformación. Creían que las personas muertas se convertirían en colibríes, para
volar acompañando al Sol, cuando los dioses decidieran que habían alcanzado
cierto grado de perfección.

Mientras esto sucedía, los dioses se llevaban a los muertos a un lugar al que
llamaban Mictlán, que significa “lugar de la muerte” o “residencia de los muertos”
para purificarse y seguir su camino.
Los aztecas no enterraban a los muertos sino que los incineraban.
La viuda, la hermana o la madre, preparaba tortillas, frijoles y bebidas. Un
sacerdote debía comprobar que no faltara nada y al fin prendían fuego y mientras
las llamas ardían, los familiares sentados aguardaban el fin, llorando y entonando
tristes canciones. Las cenizas eran puestas en una urna junto con un jade que
simbolizaba su corazón.

Cada año, en la primera noche de luna llena en noviembre, los familiares visitaban
la urna donde estaban las cenizas del difunto y ponían alrededor el tipo de comida
que le gustaba en vida para atraerlo, pues ese día tenían permiso los difuntos para
visitar a sus parientes que habían quedado en la tierra.
El difunto ese día se convertía en el «huésped ilustre» a quien había de festejarse y
agasajarse de la forma más atenta. Ponían también flores de Cempazúchitl, que
son de color anaranjado brillante, y las deshojaban formando con los pétalos un
camino hasta el templo para guiar al difunto en su camino de regreso a Mictlán.
Los misioneros españoles al llegar a México aprovecharon esta costumbre, para
comenzar la tarea de la evangelización a través de la oración por los difuntos.

La costumbre azteca la dejaron prácticamente intacta, pero le dieron un sentido
cristiano: El día 2 de noviembre, se dedica a la oración por las almas de los
difuntos. Se visita el cementerio y junto a la tumba se pone un altar en memoria
del difunto, sobre el cual se ponen objetos que le pertenecían, con el objetivo de
recordar al difunto con todas sus virtudes y defectos y hacer mejor la oración.
El altar se adorna con papel de colores picado con motivos alusivos a la muerte,
con el sentido religioso de ver la muerte sin tristeza, pues es sólo el paso a una
nueva vida.

Cada uno de los familiares lleva una ofrenda al difunto que se pone también sobre
el altar. Estas ofrendas consisten en alimentos o cosas que le gustaban al difunto:
dulce de calabaza, dulces de leche, pan, flores. Estas ofrendas simbolizan las
oraciones y sacrificios que los parientes ofrecerán por la salvación del difunto.
Los aztecas fabricaban calaveras de barro o piedra y las ponían cerca del altar de
muertos para tranquilizar al dios de la muerte. Los misioneros, en vez de
prohibirles esta costumbre pagana, les enseñaron a fabricar calaveras de azúcar
como símbolo de la dulzura de la muerte para el que ha sido fiel a Dios.
El camino de flores de cempazúchitl, ahora se dirige hacia una imagen de la
Virgen María o de Jesucristo, con la finalidad de señalar al difunto el único camino
para llegar al cielo.

El agua que se pone sobre el altar simboliza las oraciones que pueden calmar la
sed de las ánimas del purgatorio y representa la fuente de la vida; la sal simboliza
la resurrección de los cuerpos por ser un elemento que se utiliza para la
conservación; el incienso tiene la función de alejar al demonio; las veladoras
representan la fe, la esperanza y el amor eterno; el fuego simboliza la purificación.
Los primeros misioneros pedían a los indígenas que escribieran oraciones por los
muertos en los que señalaran con claridad el tipo de gracias que ellos pedían para
el muerto de acuerdo a los defectos o virtudes que hubiera demostrado a lo largo
de su vida.

Estas oraciones se recitaban frente al altar y después se ponían encima de él. Con
el tiempo esta costumbre fue cambiando y ahora se escriben versos llamados
“calaveras” en los que, con ironía, picardía y gracia, hablan de la muerte.
La Ofrenda de Muertos contiene símbolos que representan los tres
“estadios” de la Iglesia:
1) La Iglesia Purgante, conformada por todas las almas que se encuentran en el
purgatorio, es decir aquellas personas que no murieron en pecado mortal, pero
que están purgando penas por las faltas cometidas hasta que puedan llegar al
cielo. Se representa con las fotos de los difuntos, a los que se acostumbra colocar
las diferentes bebidas y comidas que disfrutaban en vida.
2) La Iglesia Triunfante, que son todas las almas que ya gozan de la presencia
de Dios en el Cielo, representada por estampas y figuras de santos.
3) La Iglesia Militante, que somos todos los que aún estamos en la tierra, y
somos los que ponemos la ofrenda.
En algunos lugares de México, la celebración de los fieles difuntos consta de tres
días: el primer día para los niños y las niñas; el segundo para los adultos; y el
tercero lo dedican a quitar el altar y comer todo lo que hay en éste. A los adultos y
a los niños se les pone diferente tipo de comida.

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