Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA

Antes de que se disipe la niebla matutina, la Catedral Metropolitana se yergue como una roca en el horizonte de la ciudad de México.

Su fachada de piedra blanquecina brilla cálidamente bajo la tenue luz, sus agujas góticas atraviesan las nubes y las líneas curvas de sus arbotantes, como alas extendidas, combinan sutilmente grandeza y ligereza.

Al subir los escalones, las puertas de bronce están grabadas con relieves erosionados, historias bíblicas que se despliegan bajo la punta de los dedos.

Al abrir las puertas, uno se ve envuelto al instante en un mar de luz nítida: las lámparas de araña de cristal que cuelgan de la alta cúpula refractan la luz moteada, y la luz filtrada a través de los rosetones de vidrieras danza entre las columnatas, convirtiendo los suelos de mármol en arcoíris ondulantes.

Las columnas se alzan rectas, sosteniendo toda la cúpula como un bosque, y las estatuas se yerguen serenas en los nichos, cuyos pliegues se funden a la perfección con la textura de la piedra.

A medida que la luz del sol se intensifica, los relieves de la fachada se hacen cada vez más nítidos: alas de ángeles, rostros de santos, juegos de luces y sombras.

De vez en cuando, el sonido de un órgano de tubos se filtra desde las profundidades del santuario, mezclándose con pasos y oraciones, creando un eco lejano en el vasto espacio.

Este edificio centenario, con la piedra como pluma y la luz como tinta, ha grabado la fe y el arte en cada línea, convirtiéndose en el paisaje más sereno y magnífico de la ciudad.

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