Por Jaqueline Rivera García/COBAEV
¿Qué es el ciborio y cuál es su función?
- El ciborio es una estructura fija, sostenida habitualmente por columnas, que se eleva sobre el altar mayor. No es un adorno ni un simple elemento arquitectónico: es un signo litúrgico que realza la dignidad del altar, símbolo de Cristo presente en medio de su Iglesia.
El Catecismo no lo menciona explícitamente —pues no suele describir elementos arquitectónicos—, pero ofrece los principios que iluminan su sentido:
“El altar es el símbolo de Cristo mismo, presente en medio de la asamblea” (CEC 1383),
y enseña que “la belleza y la nobleza del lugar sagrado deben manifestar la verdad del misterio celebrado” (CEC 1186–1189).
- La IGMR tampoco lo nombra directamente, porque regula el altar y el espacio celebrativo, no sus coronamientos arquitectónicos. Sin embargo, establece criterios que permiten comprender su conveniencia: – El altar debe ser fijo, noble, digno y claramente destacado en el presbiterio (IGMR 296–303). – La arquitectura del templo debe expresar la jerarquía de los lugares sagrados (IGMR 288).
El Ceremonial de los Obispos, en continuidad con la tradición romana, menciona el ciborio como estructura que realza la dignidad del altar en iglesias solemnes (CE 49, 59, 866).
- Su significado es profundo:
- a) Señala el lugar del Sacrificio. El altar es Cristo; el ciborio lo corona y lo destaca, indicando el lugar donde se actualiza el misterio pascual.
- b) Evoca la presencia divina. A semejanza de la nube que cubría la tienda del encuentro (Ex 40,34), el ciborio sugiere simbólicamente la morada de Dios sobre su pueblo.
- c) Subraya la centralidad del altar. En templos amplios, lo hace visible y reconocible como corazón del espacio sagrado.
- d) Expresa continuidad con la tradición. Desde los primeros siglos, las basílicas romanas emplearon el ciborio para honrar el altar mayor y subrayar su sacralidad.
Así, el ciborio es un elemento arquitectónico noble que corona el altar y manifiesta su dignidad. No es obligatorio, pero la Iglesia —especialmente en su tradición romana y en el Ceremonial de los Obispos— lo reconoce como una expresión elocuente de la centralidad del Sacrificio eucarístico y de la presencia de Cristo en medio de su pueblo.
