Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA
Los huevos de Pascua son en realidad una tradición católica que los países protestantes conservaron después de la Reforma porque estaba demasiado arraigada como para eliminarla. En Asturias es tradición también.
El origen se debe a qué entre los siglos IX y XVIII la Iglesia prohibió el consumo de huevos durante la Cuaresma al considerarlos equivalentes a la carne, pero las gallinas seguían poniendo durante ese tiempo y los huevos se acumulaban en las casas. Para conservarlos se cocían y se bañaban en cera líquida o tintes naturales, y para distinguirlos de los frescos se pintaban y decoraban.
Cuando llegaba el Domingo de Resurrección el fin de la abstinencia se celebraba regalando y comiendo esos huevos acumulados, que pasaron a simbolizar la tumba sellada de Cristo (la cáscara) y la vida nueva que contenía dentro.
La costumbre de decorarlos se extendió por toda la Europa católica medieval, desde Francia y Alemania hasta la Europa del Este donde la tradición de la písanka alcanzó nivel de arte mayor. Los huevos de chocolate son del siglo XIX, la tradición del huevo pintado tiene más de mil años.
En Asturias, los Güevos Pintos de Pola de Siero, declarados de Interés Turístico Nacional en 1968, mantienen esta tradición cada Martes de Pascua con huevos pintados a mano con escenas asturianas y frases que se bendicen en la plaza del Ayuntamiento.
En las cuencas mineras asturianas se conserva además la Pegarata, un bollo con huevos cocidos incrustados que es literalmente el pan de Pascua con los huevos de la Cuaresma dentro.
Así que cuando un anglosajón esconde huevos de colores en el jardín está practicando sin saber una costumbre católica medieval que el marketing americano del siglo XX convirtió en el conejo de Pascua.
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