Contó que Dios le enseñó a descansar, crear con libertad y ver su obra de arte, con toda su vulnerabilidad, como una forma de amar a los demás
Para la artista católica Kelly Luong, una residencia de un mes en el Monasterio de Santa Gertrudis fue mucho más que tiempo dedicado al trabajo en el taller. Inmersa en el ritmo benedictino de la Misa, la oración, el silencio, el trabajo, las comidas y la vida comunitaria, contó que Dios le enseñó a descansar, crear con libertad y ver su obra de arte, con toda su vulnerabilidad, como una forma de amar a los demás.
El programa de Residencia para Artistas de Santa Gertrudis ofrece a mujeres artistas visuales, músicos y escritoras la oportunidad de vivir durante un mes en el Monasterio de Santa Gertrudis, en Idaho (Estados Unidos), con un espacio de estudio y la posibilidad de participar en la vida comunitaria.
“Me crié en la fe católica, y mi arte y mi fe están profundamente entrelazados”, dijo Luong a ChurchPOP.
Luong explicó que la residencia comenzó con una oración durante un período difícil de su vida.
“Una tarde estaba rezando con el versículo sobre cómo el vino nuevo necesita odres nuevos, de lo contrario los rompería”, contó. “En ese momento sentía que estaba a punto de romperme, que no estaba dejándome moldear ni creciendo con la gracia de Dios, sino que me estaba quebrando y fracasando”.
Ella llevó ese dolor directamente a Dios.
“Entonces le pregunté a Dios: ¿cómo me convierto en un odre nuevo? Esa misma noche pensé en buscar programas de residencia para artistas que también fueran católicos, y encontré el Monasterio de Santa Gertrudis”.
Para Luong, descubrir el programa de residencia del monasterio se sintió como algo providencial, una oportunidad para permitir que Dios transformara su vida y su creatividad.
“Mientras exploraba el programa y el sitio web del monasterio, supe que, si podía ir, podría aprender a ser un odre nuevo”, dijo.
Aun así, tuvo dudas y se preguntaba si ella y su arte eran “lo suficientemente buenos”, además de si podía alejarse durante un tiempo de sus responsabilidades habituales. “Pero mi deseo fue más fuerte que mi miedo y presenté mi solicitud”, explicó la artista.
La libertad que encontró en la estructura
En el monasterio, Luong se unió a las hermanas benedictinas para la Misa y para la oración de la mañana, la tarde y la noche. En lugar de distraerla de su proceso creativo, aquella estructura de oración le dio una manera más saludable y libre de acercarse a su trabajo.
“Mis días se organizaban en torno a los horarios de oración, y eso era exactamente lo que le estaba pidiendo a Dios que me enseñara”, dijo Luong. “El tiempo estaba perfectamente equilibrado. Aprendí que ninguna tarea era más importante que otra. Había tiempo para la oración, tiempo para el trabajo y tiempo para el descanso”.
Según explicó, esto supuso un cambio importante frente a su tendencia a concentrarse intensamente y exigirse hasta el agotamiento.
“Tengo tendencia a concentrarme demasiado y a llevar mi cuerpo y mi mente al límite”, explicó. “Puede parecer una paradoja, pero un día estructurado creó más libertad”.
El monasterio la liberó de la presión de maximizar su productividad y terminar la mayor cantidad de trabajo posible. En cambio, entró en su estudio abierta a lo que Dios quisiera mostrarle.
“Me liberé de la presión de ser hiperproductiva y de seguir un horario estricto para completar la mayor cantidad de trabajo posible”, dijo. “Tenía un plan general y algunas ideas para pinturas antes de llegar, pero cuando llegué, casi todo eso quedó de lado”.
El arte como oración y una invitación
Durante la residencia, las conversaciones con otra artista ayudaron a Luong a comprender que Dios habla a cada persona de manera personal y creativa.
“La primera revelación llegó al hablar con mi compañera de residencia, que es músico y se relaciona con Dios de una manera similar, pero a través de la música”, contó Luong. “En nuestra conversación comprendí qué regalo tan grande es que Dios nos hable de las maneras particulares en que cada uno de nosotros puede entenderlo”.
También se encontró con personas que querían representar visualmente su oración, pero se sentían limitadas porque no se consideraban artistas.
“En otras conversaciones escuché que algunas personas deseaban aprender a visualizar y crear imágenes a través de la oración, pero lo que las detenía era pensar que no sabían dibujar”, dijo.
Como profesora de arte, Luong quería ofrecer una perspectiva diferente: la oración no requiere perfección artística.
“Soy profesora de arte y creo firmemente que cualquiera puede aprender a crear y que, si uno se detiene a mirar, puede aprender a visualizar”, dijo. “Un simple garabato puede ser un recordatorio de tu conversación con Dios; no tiene que tener sentido para nadie más que para ti”.
La residencia también cambió su forma de entender cómo compartir su obra, que es muy personal. Luong mantenía abierta la puerta de su estudio, no solo por los vapores de la pintura al óleo, sino para dar la bienvenida a las hermanas, a los visitantes y a sus compañeros residentes a su proceso creativo.
“A través de muchas conversaciones con las hermanas, los miembros de la comunidad, los visitantes y mi compañera de residencia, comprendí que mi vulnerabilidad era algo que Dios podía utilizar para amar a los demás”, dijo.
“Puede que mi arte sea mi manera de comprender personalmente y de forma más íntima el amor de Dios por mí, pero también es un instrumento que Él sigue utilizando para llegar al corazón de otras personas”.
Cuatro pinturas sobre el consuelo de Cristo
Durante ese mes, Luong realizó cuatro pinturas al óleo de 50 por 71 cm: una obra independiente y una serie de tres pinturas inspiradas en la relación de Cristo con el agua, el sufrimiento, la redención y la esperanza.
Su primera pintura representa a una mujer vulnerable, descalza y con ropa desgastada y raída, sentada a los pies de Jesús y apoyando la cabeza a su lado. Cristo acaricia suavemente su cabello mientras ambos permanecen sentados en silencio.
“Aunque las cargas de la mujer no desaparecen, recibe un inmenso consuelo y paz”, explicó Luong.
La imagen surgió durante un retiro en silencio con las Hermanas de Notre Dame, poco antes de su residencia en el monasterio. Luong le había preguntado a Dios qué quería que hiciera y encontró esta imagen durante la oración. “Espero que otras personas que estén cansadas puedan mirar la imagen y recibir también el amor constante de Dios y su consuelo seguro”, dijo.
Su serie de tres pinturas surgió a partir de la oración de los Misterios Luminosos del Rosario. Aunque inicialmente esperaba pintar cada uno de los misterios, el Bautismo de Jesús la impactó de una manera nueva y le reveló un tema que unificaba la serie: Cristo entrando en la oscuridad de la humanidad y redimiéndola.
La primera pintura representa el Bautismo de Cristo, con un agua “retorcida y pesada”.
“Sin embargo, Jesús entró en ella”, dijo Luong. “Entró en nuestro pecado para salvarnos. Y nosotros también tenemos que atravesar nuestro pecado, y lo que nos espera son los cielos”.
Su deseo es que quienes contemplen la obra vean no solo la realidad del pecado y las dificultades, sino también la promesa que hay más allá de ellas: “En esta pintura quiero que las personas sientan esperanza, porque los cielos las están esperando”.
La segunda obra se inspira en el relato del Evangelio en el que Jesús camina sobre el agua y llama a Pedro a acercarse a Él. Luong relacionó la escena con aquellos momentos en los que desea tener un tiempo de oración tranquila, pero encuentra su mente agitada “como una tormenta”.
“Él sabe que nos cuesta un gran esfuerzo dar un solo paso hacia él, y está gritando, animándonos y pidiéndonos que nos acerquemos más”, dijo ella.
Representó a Cristo con los brazos extendidos como un recordatorio de que Él comprende lo difícil que puede ser confiar en medio de las luchas interiores.
“En esta pintura espero que las personas puedan sentir a Cristo como su ancla en medio de una tormenta y que Él les conceda paz”.
La última pintura está inspirada en el momento en que Jesús le dice a Pedro que eche las redes mar adentro después de una noche infructuosa de pesca. Para Luong, se convirtió en una imagen de perseverancia en la fe cuando el sufrimiento, el fracaso o la confusión hacen difícil reconocer las promesas de Dios.
“Esta última pintura fue un salto de fe para mí; fue una promesa de abundancia que nace de entregarle a Dios tus dificultades y sufrimientos”, dijo.
Para Luong, el mes en Santa Gertrudis no se limitó a producir un conjunto de pinturas. Le dejó una lección de vida sobre el equilibrio benedictino: la oración antes que la productividad, la apertura antes que el control y la confianza en que Dios puede utilizar incluso la vulnerabilidad de una persona para llevar consuelo y esperanza a alguien más.
