Entrevista con Vittorio Scelzo, responsable de la pastoral de los ancianos del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, a dos días de la VI Jornada Mundial de los Abuelos y de los Ancianos, que este año se celebra el domingo 26 de julio, fiesta de los santos Joaquín y Ana: «No basta con organizar servicios, hay que construir relaciones».
Lorena Leonardi – Ciudad del Vaticano
«No basta con organizar servicios, hay que construir relaciones»: solo así «la certeza de no ser olvidados por Dios» se traduce «en la experiencia cotidiana de no ser olvidados por la propia parroquia y por la propia familia». Así lo explica Vittorio Scelzo, oficial del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, responsable de la pastoral de los ancianos, quien hace para los medios de comunicación vaticanos un balance seis años después de la institución de la Jornada Mundial dedicada a las personas mayores, que este año se celebra el domingo 26 de julio, en la fiesta de los santos Joaquín y Ana, padres de la Bienaventurada Virgen María, es decir, «los abuelos de Jesús».
La Jornada Mundial de los Abuelos y de los Ancianos llega a su sexta edición. ¿Qué balance se puede hacer del camino recorrido hasta ahora?
En estos años, la Jornada ha comenzado a consolidarse como una cita estable en la vida de la Iglesia. Nacida para responder al aislamiento impuesto por la pandemia de Covid-19, ha dado a la reflexión sobre la tercera edad un enfoque más orgánico. El objetivo nunca se limitó a celebrar una jornada especial, sino que buscó desarrollar una verdadera pastoral de los ancianos, capaz de superar una visión de la vejez reducida a la asistencia: el anciano, que ya no es únicamente destinatario de servicios caritativos, se convierte en sujeto activo de la pastoral. Los ancianos constituyen una parte importante del pueblo de Dios y es necesario ofrecerles la atención pastoral que merecen. El desafío a largo plazo es transformar esta sensibilidad en una práctica ordinaria, arraigándola en los procesos formativos de las comunidades eclesiales.
El tema elegido por León XIV, «Yo, en cambio, nunca te olvidaré» (Is 49,15), recuerda la cercanía de Dios y el compromiso de la comunidad con los ancianos, especialmente con los que están más solos. ¿Qué perspectivas concretas abre este mensaje?
Las palabras de Isaías abren perspectivas muy interesantes. En primer lugar, la superación de lo que el Papa Francisco llamaba la «cultura del descarte», que pide a las comunidades salir al encuentro de los ancianos: en un tiempo que mide el valor de las personas en función de su eficiencia, quien pierde las fuerzas o la memoria corre el riesgo de sentirse olvidado. León XIV añade que «el amor de Dios, que no olvida a nadie, es respuesta al anonimato en el que la vida humana termina por perderse». El mensaje recuerda que la misión de la Iglesia es hacer visible y tangible este «no olvidar» divino, haciéndose eco de la encíclica Magnifica humanitas. No basta con afirmar de palabra la dignidad de los ancianos: hay que salir a su encuentro, hacerse prójimo mediante una visita, mediante un abrazo. En la práctica, el Papa pide ir a visitar a los ancianos: una invitación que adquiere un peso especial en este tiempo, marcado por el calor del verano y por una soledad que a menudo es más intensa que en otros periodos del año.
Puede parecer, y también lo es, una petición de atención social; pero la experiencia enseña que esta cercanía dejará de ser un gesto aislado solo cuando los ancianos sean realmente situados en el centro de la vida eclesial. Entonces quedará claro para todos hasta qué punto su presencia es valiosa: no una carga que gestionar, sino un don que custodiar. Desde el punto de vista operativo, esto significa que la comunidad debe hacerse cargo de la soledad, verdadera pobreza de la tercera edad: no basta con organizar servicios, hay que construir relaciones. Como repetimos en el Dicasterio, el desafío consiste en pasar «de la asistencia a la existencia», mediante proyectos de vida en los que el anciano se sienta parte de un «nosotros» comunitario. La certeza de no ser olvidados por Dios debe traducirse en la experiencia cotidiana de no ser olvidados por la propia parroquia y por la propia familia.
Durante estos años han recogido experiencias significativas en las diócesis y las parroquias. ¿Existen buenas prácticas o iniciativas especialmente exitosas que reflejen una creciente sensibilidad hacia los ancianos?
Sí. El seguimiento constante del Dicasterio muestra una creatividad pastoral muy viva, con respuestas diferentes según los contextos geográficos. En muchas diócesis latinoamericanas, la celebración se entrelaza con la devoción a santa Ana. En Venezuela, la pastoral de los ancianos está especialmente comprometida para que el mensaje «Yo no te olvidaré» llegue a todos los ancianos afectados por el terremoto. También en Asia y África no faltan iniciativas que, a partir de la Jornada, vuelven a situar a los ancianos en el centro de la vida eclesial: la diócesis de Kampala, en Uganda, es probablemente la que cuenta con las actividades más numerosas y extendidas.
En India, en cambio, han sido los jóvenes quienes, a lo largo de los años, han creado campañas en las redes sociales para promover la Jornada. Una práctica que se está extendiendo por todas partes, y que hemos apoyado firmemente, es la visita a los ancianos que viven solos: muchas parroquias han organizado auténticos turnos de compañía. En Europa destacan los proyectos de «alianza intergeneracional», en los que jóvenes y ancianos comparten momentos de oración o de ocio, superando una separación generacional que termina empobreciendo a ambos. Cuando el anciano vuelve a estar en el centro, toda la comunidad se beneficia.
El Pontífice invita a hacer de la cercanía a los ancianos un estilo habitual de la vida eclesial, no limitado a una sola jornada. ¿Cuáles son hoy los principales desafíos para que esto suceda?
Es necesario, ante todo, un cambio de mentalidad, por parte de la sociedad, pero también de los propios ancianos. No se puede aceptar vivir, ni permitir que otros vivan, veinte o treinta años sin motivaciones y sin una misión: la vejez es una etapa de la vida que debe encontrar su propia espiritualidad, no un tiempo vacío que haya que llenar o gestionar a la espera del final. Tampoco se puede fingir que no existe y continuar viviendo como si el tiempo no hubiera pasado.
El propio León XIV, dirigiéndose directamente a los ancianos en su mensaje, los anima con una llamada clara: «¡No tengan miedo de la fragilidad!», explicando que esta debilidad, si se acoge, abre el corazón a la invocación y se convierte ella misma en vocación. Una muestra concreta de ello es la misión que el Papa confía precisamente a los ancianos: unirse a él en la oración insistente para que llegue pronto la paz al mundo. Una vocación, no una jubilación espiritual.
Para acompañar la Jornada se han preparado materiales pastorales, la oración oficial y otros recursos. ¿A quiénes están dirigidos y cómo pueden ayudar a las comunidades a vivir concretamente esta celebración?
Los materiales preparados –el llamado «kit pastoral», disponible en el sitio web del Dicasterio- son herramientas pensadas para facilitar el trabajo de las comunidades eclesiales. La propuesta es deliberadamente sencilla: celebrar una misa con los ancianos, a ser posible en la iglesia catedral, y visitar a los ancianos que viven solos en la propia comunidad.
Son indicaciones muy concretas: en coherencia con el tema elegido para este año, se pide no olvidar a nadie y, por tanto, visitar también a los ancianos que están postrados en cama o que no pueden participar en las actividades comunitarias. También para ellos la Jornada es una llamada a renovarse y a tomarse en serio la petición de León XIV de interceder por la paz.
