Para Fulton J. Sheen, la verdadera fuente de luz, fuerza y celo misionero era Jesucristo presente en la Eucaristía.
Varias historias que circulan en redes sociales han relacionado el profundo amor de Fulton J. Sheen por la Eucaristía con el conmovedor testimonio que compartió en su autobiografía, Treasure in Clay, sobre una joven católica china que dio su vida después de recibir con reverencia las Hostias consagradas que habían sido arrojadas al suelo por funcionarios comunistas.
Ya sea que las personas conozcan esta historia a través de una publicación viral o de una versión basada en el propio relato de Sheen, su mensaje central refleja una verdad que marcó todo su sacerdocio: Fulton J. Sheen amaba a Jesús presente en el Santísimo Sacramento.
La Hora Santa diaria de Sheen no era simplemente una devoción privada. Se comprometió a pasar una hora continua ante el Santísimo Sacramento todos los días de su sacerdocio, una práctica que mantuvo durante décadas.
“El secreto de mi poder”
En uno de sus programas de Life Is Worth Living, Sheen habló directamente sobre la fuente de su fortaleza:
“¿Quieres saber el secreto de mi poder? Todos los días, desde que fui ordenado, he pasado una hora seguida en presencia de nuestro Señor en el Santísimo Sacramento. Ahí es donde obtuve mi poder. Ahí es donde obtuve mi luz.
Ahí es donde descubrí las alegrías y las bellezas de mi sacerdocio y las vocaciones escondidas en ustedes, y cómo esa presencia divina podía encenderlas y hacerlas brillar. Les digo que es la compañía más dulce y grandiosa del mundo. Pruébenlo”.
La pequeña niña
En Treasure in Clay, obra que terminó poco antes de su muerte en 1979, Sheen describió los sufrimientos de los católicos chinos después de que la revolución de Mao estableciera un régimen comunista en China.
Escribió:
“En otra parte de China, un sacerdote acababa de comenzar la Misa cuando los comunistas irrumpieron, lo arrestaron y lo encarcelaron en una casa contigua a la pequeña iglesia. Desde una ventana de esa casa podía ver el sagrario. Poco después de su encarcelamiento, los comunistas abrieron el sagrario, arrojaron las Hostias al suelo y se llevaron los vasos sagrados.
El sacerdote decidió entonces adorar a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento tanto como pudiera, día y noche. Alrededor de las tres de la madrugada, vio a una niña que había estado en la Misa de la mañana. La niña abrió una ventana, entró, llegó hasta el suelo del presbiterio, se arrodilló y acercó la lengua a la Hostia para darse a sí misma la Sagrada Comunión.
El sacerdote me contó que había unas treinta Hostias en el copón. Todas las noches ella venía a la misma hora hasta que solo quedó una Hostia. Cuando presionó su lengua para recibir el Cuerpo de Cristo, resonó un disparo. Un soldado comunista la había visto. Resultó ser su Viático”.
El legado de Sheen suele recordarse a través de sus programas de televisión, sus memorables sermones y su influencia en la comunicación católica. Sin embargo, él siempre señalaba más allá de sí mismo.
