Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA
Si alguna vez te has parado frente a la Catedral de Oaxaca y la has sentido chaparra, casi agachada sobre el zócalo, no es impresión tuya: la hicieron así a propósito.
Los alarifes que la levantaron sabían que Oaxaca es tierra que tiembla, y prefirieron una mole ancha y baja de cantera verde —esa piedra color jade que arrancaron de los cerros de las afueras y que le regala a la ciudad su tono inconfundible— antes que torres presumidas condenadas a venirse abajo.
La obra empezó en 1535, cuando el primer obispo quiso algo digno para su diócesis, y se convirtió en una novela de nunca acabar: un temblor en 1714 la dejó tan maltrecha que hubo que cerrarla y casi rehacerla desde los cimientos, no se consagró formalmente hasta 1733 —casi dos siglos de andamios— y las torres que hoy admiras ni siquiera son las primeras; se levantaron apenas en 1931, después de que otro sismo tirara las anteriores.
Cada vez que la tierra rugió, Oaxaca respondió poniendo piedra sobre piedra. ¿Qué dice de un pueblo que su templo mayor sea, en el fondo, un monumento a volver a levantarse?

