Por Juan Carlos Martínez Suárez/PATRIA & LIBERTAD 

Un sacerdote decidió enviar cartas en favor de los hijos de El Mencho… y la noticia generó fuertes reacciones.

Para muchos fue escándalo. Para otros, un gesto de misericordia. Pero más allá de la polémica, esta situación nos obliga a reflexionar con serenidad cristiana.

La Iglesia nunca ha defendido el crimen. Nunca ha justificado la violencia. La justicia es necesaria. El mal debe ser reconocido como mal.

Pero también es verdad que el Evangelio nos enseña algo radical: nadie es reducible a sus pecados… y los hijos no son responsables de los delitos de sus padres.

El sacerdote explicó que su intención no fue apoyar estructuras criminales, sino velar por la dignidad y el bienestar de menores que, independientemente de su apellido, siguen siendo personas con alma, con futuro y con derecho a no cargar culpas ajenas.

Aquí aparece una tensión profundamente cristiana:

¿Cómo unir justicia y misericordia sin confundirlas?

La doctrina católica es clara: la responsabilidad es personal. Y la caridad no significa ingenuidad, pero tampoco significa dureza sin corazón.

Cristo comía con pecadores sin aprobar el pecado. Defendía a los débiles sin legitimar la injusticia. Esa línea es exigente. Y no siempre es fácil de comprender desde fuera.

Este caso nos recuerda algo importante: la Iglesia está llamada a ser madre. Y una madre no abandona a ningún hijo, aunque la historia familiar sea dolorosa.

Quizás la pregunta no sea solo qué pensamos de esta decisión…

Sino si realmente creemos que la gracia puede alcanzar cualquier historia.

Porque si la misericordia tiene límites humanos… deja de ser cristiana.

Oremos por las víctimas del crimen. Oremos por la conversión de los culpables. Y oremos por los hijos que necesitan un futuro distinto.

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