Cancún, Quintana Roo.– “Por último les mandó a su propio hijo pensando: a mi hijo lo respetarán. Pero cuando los viñadores lo vieron se dijeron unos a otros: éste es el heredero, vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron”.
Cristo con estas palabras está describiendo y profetizando el final trágico que le espera. Él es la piedra que desecharon los constructores pero que luego se convierte en piedra angular.
Cristo es un misterio fascinante y terrible al mismo tiempo. A pesar de todas sus manifestaciones de bondad, de poder y de sabiduría hay quienes no lo aceptan. A pesar de tantos signos, señales y milagros, hay quienes lo rechazan. A pesar de su sublime enseñanza, hay quienes lo desechan. “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, porque sus obras eran malas”. Cristo es un misterio de atracción y de rechazo al mismo tiempo. Será un signo de contradicción para que se descubran los pensamientos de muchos corazones. Unos lo aman y otros lo odian. Unos lo acogen y otros lo rechazan, unos lo aceptan y otros lo desechan. Escándalo para unos y salvación para otros. Unos se interesan por conocerlo y amarlo y otros permanecen indiferentes y Cristo siempre respetando el misterio de la libertad del hombre. “Si alguno quiere seguirme, que tome su cruz y que me siga”. “Al que me reconozca delante de los hombres, también yo lo reconoceré delante de mi Padre, pero al que me niegue delante de los hombres, también yo lo negaré delante de mi Padre. Cristo sigue vivo invitándonos a una adhesión vital a él, que nos lleve a aceptar y a hacer nuestra su vida, su mensaje y su misión. Cristo nos llama a tomar una decisión radical: con él o contra él. El que no recoge conmigo desparrama, el que no está conmigo está contra mí. Con Cristo o contra Cristo.
“Había una vez un propietario que plantó una viña y luego la alquiló a unos viñadores y se fue de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia envió a sus criados para pedir su parte a los viñadores”. Dios es el propietario de la viña que con inmensa ilusión la prepara y la cultiva, remueve la tierra, quita las piedras, planta vides selectas, edifica en medio una torre, excava un lagar, la rodea con una cerca y finalmente la alquila a unos viñadores y se va de viaje. Después de tanta inversión y cuidados de su viña, toda su ilusión y esperanza está puesta en los frutos que producirá la viña. Pero que gran decepción cuando como dice el profeta Isaías la viña no produce uvas buenas sino agrias y se pregunta: ¿Qué más pude hacer por mi viña, que yo no lo haya hecho? La viña del Señor es la casa de Israel y el Señor esperaba que su gente obrara rectamente y no cometiera iniquidades, esperaba justicia y sólo se oyen reclamaciones. Que decepción tan grande para el Señor que esperaba abundantes frutos y los viñadores no le quieren entregar los frutos de su viña. Nosotros somos esos viñadores llamados a producir muchos frutos en la viña del Señor que es la iglesia ¿y que frutos encuentra hoy el Señor en nuestra Iglesia?. ¿Frutos maduros o verdes? ¿frutos dulces o agrios? ¿frutos escasos o abundantes? Nos urge dar frutos que duren hasta la vida eterna porque el tiempo es corto y está fijado el momento de la vendimia. Nos urge producir frutos de santidad y de obras de misericordia porque son los únicos que cuentan a la hora de la verdad. Nos urge producir frutos rápidos, porque el tiempo corre veloz y pronto se nos acaba la oportunidad de producir buenos y abundantes frutos. Dios nos está esperando y no quiere quitarnos a nosotros el Reino de Dios, pero si quiere darlo a un pueblo que produzca sus frutos. + Pedro Pablo Elizondo Cárdenas, L. C. Obispo de Cancún-Chetumal.
