Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA

¿Cómo hablar a mis hijos adolescentes sobre la castidad?

Cuando se enseñan los Mandamientos sin mostrar claramente los bienes que estos protegen, terminamos pensando que son reglas arbitrarias impuestas por Dios. Por ejemplo, el 5° Mandamiento, que prohíbe matar, ha sido establecido para proteger y valorar la vida humana y la integridad corporal en todas sus etapas: desde la concepción hasta la muerte natural.

La genialidad de San Juan Pablo II consistió en mostrar cómo los bienes que protegen los Mandamientos de Dios resuenan en el interior de cada uno de nosotros. Él se esforzó por explicar la conexión armoniosa que debería existir entre lo objetivo (los Mandamientos) y lo subjetivo (el interior de la persona).

Una vez que somos capaces de reconocer los bienes que los Mandamientos protegen y promueven, somos movidos, por amor a Dios y al prójimo, a actuar de manera justa, es decir de acuerdo con los Mandamientos.

En el caso del sexto y del noveno mandamiento, los padres debemos mostrar a nuestros hijos adolescentes cuáles son los bienes que la virtud de la castidad protege para que puedan apreciarla y querer vivir conforme a ella.

La castidad es la virtud mediante la cual ponemos la sexualidad al servicio del amor auténtico.

Para lograrlo es necesario que la persona sea capaz de encauzar su mente, su corazón y su voluntad para vivir su sexualidad según los propósitos previstos por Dios para ella y así alcanzar la plenitud de su ser.

El dominio sobre sí mismo no se requiere porque el cuerpo y la sexualidad sean algo sucio o malvado, sino para poder alcanzar los valores inherentes a ellos: el amor auténtico y la apertura a la vida. 

¿Cómo pueden los padres enseñar de manera efectiva la pureza a sus hijos adolescentes? 

Lo primero es aclararles qué es el amor, y no hay mejor forma de hacerlo que tener como referente el amor que Dios nos tiene. El Concilio Vaticano II enseñó que el hombre es la «única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo» (Gaudium et Spes 24, 3). Dios no tenía necesidad de crearnos ni de crear el universo. Él nos creó por amor, como don para los demás, para nosotros mismos y para Él. 

El que Dios nos ame por quienes somos implica que tenemos un valor intrínseco a sus ojos, que no depende del dinero que tengamos, de si somos populares o de si nuestro cuerpo cumple con los cánones de belleza actuales. El amor es inherentemente gratuito.

Si el amor de Dios por nosotros es incondicional, estamos llamados a amarnos y amar a los demás de la misma forma. Esto implica que nunca debemos dejarnos usar ni usar a otros como objetos de placer o para cualquier otro fin egoísta. Debemos amar a los demás por lo que son: personas creadas a imagen y semejanza de Dios y destinadas a la vida eterna. 

Dios nos mostró su amor al enviar a su único Hijo para morir en la cruz porque quiere que vivamos eternamente con Él. (Cfr Jn 3:16). Nuestra forma de amar al prójimo debe acercarnos a esa meta, no solo a nosotros sino también a quien amamos. 

Fuente: Traducido de Cfr Adolfo J. Castañeda. (Marzo 16, 2022).  Using the Theology of the Body to Teach Chastity to Your Teenage Children.

Reflexión: ¿Tengo como meta vivir en unión con Dios por toda la eternidad?, ¿lo que hago me conduce hacia allá?

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