Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA
Llegó octubre y mi abuela despertó muy animada. Con una sonrisa, dijo: «Ya falta poco para que lleguen nuestras visitas. Muy pronto estarán aquí las ánimas».
Contaban los antiguos que, un mes antes de las celebraciones del Hanal Pixán, las puertas del cielo comienzan a abrirse. No es una sola puerta, sino muchos portales por donde salen millones de almas en una procesión interminable rumbo al mundo de los vivos. Mi abuelo decía que era algo impresionante: avanzaban en silencio, acompañadas de una música divina que resonaba en el aire. No hablan como nosotros; se comunican con susurros y gestos que, según los antiguos, solo comprende quien tiene el corazón abierto.
Desde mediados de octubre comienza a sentirse el clima fresco de los pixanes. Y cuando se acerca noviembre, las albarradas de las casas deben iluminarse con velas para señalarles el camino y protegerlas de los kisines y de los malos vientos. El aroma de las flores, la limonaria y el tajonal les indica la ruta que deben seguir para llegar a sus hogares.
Con las primeras lluvias de la temporada, los caminos blancos comienzan a llenarse de flores silvestres. Se decía que, al llegar los últimos días de octubre, una llovizna suave anunciaba que las ánimas estaban lavando sus ropas para venir a la tierra. Aquellas lluvias eran vistas como una bendición que limpiaba los caminos y ayudaba a florecer el pujul, la limonaria, las árnicas, las teresitas y muchas otras flores del monte.
Los antiguos también advertían que las mujeres debían medir bien sus trabajos de bordado, urdido y costura, pues se creía que algunas ánimas ya habían emprendido el viaje y, al ser como el viento, podían quedar atrapadas entre los hilos. Por eso, en esos días se escuchaban consejos de no bordar ni coser, pues se temía lastimar la piel de algún visitante del otro mundo. También se decía que no era tiempo de salir a cazar al monte, porque algún cazador podría confundir el espíritu de un antiguo tirador con un animal.
Las casas de paja y cartón debían estar limpias, al igual que los patios, para recibir con respeto a los pixanes. A los niños pequeños se les ataban hilos negros en las muñecas como protección contra las almas malas y los aires malignos. Las mujeres lavaban con agua y hojas de ciricote los banquillos, las mesas, las jícaras y las hamacas, mientras los hombres barrían los solares para que las ánimas no tuvieran que hacerlo. También se procuraba no dejar ropa sucia, pues se creía que los visitantes podían sentirse comprometidos a lavarla.
Para recibir a los pixanes se quemaba incienso y se ofrecían los alimentos acompañados de oraciones y rosarios de cinco hasta quince misterios. Cada detalle tenía un significado: la limpieza, las velas, las flores y la comida eran una muestra de amor y respeto hacia quienes regresaban a visitar a sus seres queridos.
Y cuando llegaba el momento de despedirlos, se hacía con el mismo fervor, entre rezos, viandas y dulces. Porque, según la creencia de nuestros abuelos, durante esos días quienes seguimos aquí y quienes se adelantaron se dan un abrazo invisible que no se puede ver, pero sí sentir en lo más profundo del corazón.
Porque en Yucatán, el Hanal Pixán no es solamente una tradición: es el recuerdo vivo de quienes nunca dejamos de amar. Cansahcab tierra de leyendas
