«Nos convertimos en aquello que amamos, y a quien amamos moldea lo que llegamos a ser» – Santa Clara de Asís.
Clara de Asís no fue solo la discípula de San Francisco, fue una mujer con una profunda conciencia de su propia vocación, capaz de discernir, escribir y perseverar hasta conseguir que la Iglesia reconociera una forma de vida que ella consideraba inseparable de la pobreza evangélica.
Nació en Asís hacia 1193-1194, en una familia noble. Su posición social le ofrecía seguridad, prestigio y la posibilidad de un matrimonio ventajoso. Sin embargo, desde joven experimentó una fuerte atracción hacia la vida de penitencia y hacia el Evangelio vivido con radicalidad. Influida por la predicación y el ejemplo de su amigo Francisco de Asís, decidió abandonar el proyecto que su familia tenía para ella y entregar su vida completamente a Cristo.
Lo admirable no consiste en que Clara renunciara a las riquezas sino en por qué lo hizo. Para ella, la pobreza no era una simple austeridad ni una protesta contra los bienes materiales, era una manera de contemplar a Cristo. Dios había querido hacerse pobre, vulnerable y dependiente. Por eso, Clara quiso entrar espiritualmente en ese misterio.
San Juan Pablo II lo expresó de manera hermosa al explicar que la opción de Clara por la “altísima pobreza” solo se comprende desde su contemplación de Cristo, quien se hizo pobre desde la encarnación hasta la cruz. Santa Clara no quiso ser pobre por amor a la pobreza; quiso ser pobre porque estaba enamorada de Cristo pobre.
1. Obedecer una vocación y darle forma
Uno de los aspectos menos conocidos de Santa Clara es su extraordinaria capacidad para dar forma jurídica y espiritual a la experiencia que había recibido.
En la Edad Media, la vida religiosa femenina estaba sometida a estructuras eclesiales y sociales muy fuertes. Clara no se conformó con aceptar pasivamente una forma de vida elaborada por otros, ella quería que sus hermanas pudieran vivir de acuerdo con aquello que consideraba esencial: Cristo, el Evangelio, la fraternidad y la auténtica pobreza.
Ya en 1228, el papa Gregorio IX concedió a Clara y a las hermanas de San Damián el célebre Privilegium paupertatis, el “privilegio de la pobreza”. Este reconocimiento era extraordinario porque permitía que la comunidad no poseyera bienes materiales como institución. El Papa Benedicto XVI en una de sus catequesis sobre Santa Clara destacó que se trataba de una excepción notable respecto del derecho canónico de la época.
Para Clara elegir a Cristo pobre, significaba que la forma de vida que llevaran fuera coherente con aquello que contemplaban, y ella estaba dispuesta a defender esa convicción.
2. Contemplar para dejarse transformar
Clara no fue únicamente una mujer de oración, fue también autora. Se conservan su regla, su testamento y cuatro cartas dirigidas a su amiga Santa Inés de Praga. Clara no escribió tratados abstractos de teología, sino que escribió desde la experiencia de una mujer enamorada de Cristo.
En sus cartas a Inés de Praga aparece una espiritualidad profundamente cristocéntrica. En ellas la invita a contemplar a Cristo pobre, humilde y crucificado, hasta llegar a una transformación interior producida por ese encuentro. No se trata simplemente de mirar a Jesús, se trata de mirarlo hasta llegar a parecernos a Él.
Esta intuición alcanza una de sus expresiones más bellas en la imagen del espejo que aparece en la cuarta carta a Inés. Esta imagen constituye una verdadera síntesis de su espiritualidad: el espejo es Cristo. El alma se coloca ante Él, lo contempla y cuanto más profundamente lo contempla, más descubre lo que está llamada a ser. La contemplación, por tanto, no es evasión del mundo, es transformación de la persona.
3. La regla de Santa Clara
Quizá aquí se encuentra uno de los aspectos históricamente más admirables de su vida. Clara consiguió que su propia comprensión de la vida evangélica quedara recogida en una regla escrita y aprobada por el Papa, siendo la primera mujer en la historia de la Iglesia que compuso una regla escrita para una comunidad religiosa femenina.
La Regla de 1253 fue aprobada poco antes de su muerte. La tradición franciscana contemporánea subraya que en ella Clara conserva el núcleo recibido de Francisco —la forma de vida en santa unidad y altísima pobreza—, pero lo desarrolló de una forma propia.
Esto nos ayuda a conocer mejor la imagen simplificada de Clara: a veces se la representa como la humilde compañera de Francisco. Esta imagen tiene algo de verdad, pero es insuficiente. Clara fue discípula, pero también fundadora; fue contemplativa, pero también legisladora; fue humilde, pero no pasiva; fue pobre, pero espiritualmente libre. Su humildad no significaba ausencia de personalidad, al contrario, precisamente porque había entregado su voluntad a Dios, podía defender con firmeza aquello que había discernido como voluntad divina.
4. Una autoridad que nació de la contemplación
Clara fue una mujer capaz de contribuir desde su espiritualidad a la renovación de la Iglesia medieval. La contemplación entendida como transformación consistió en una forma de vida revolucionaria para la vida religiosa femenina de la época.
Ella afirmaba que lo que contemplamos con amor termina configurando nuestro corazón: si contemplamos el éxito, podemos convertirnos en esclavos del éxito; si contemplamos la opinión de los demás, podemos convertirnos en esclavos de la aprobación; pero, si contemplamos a Cristo, poco a poco empezamos a adquirir sus sentimientos: humildad, pobreza de espíritu, misericordia, libertad y amor.
«Nos convertimos en aquello que amamos, y a quien amamos moldea lo que llegamos a ser» – Santa Clara de Asís.
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