Con nuestros ofrecimientos y oraciones nos unimos al sentido salvífico de nuestra fe, nos unimos como seres humanos y hacemos eficaz el bien.

Cuando descubrimos que alguien está sufriendo o que nosotros mismos sufrimos por razones injustas o difíciles de comprender, suele venir un sentimiento de impotencia que nos desanima y nos deja paralizados. Parece imposible hacer algo al respecto y la posibilidad de lograr un cambio parece nula.

Sin embargo, la Iglesia siempre ha enseñado que podemos ser solidarios con el que sufre a través de la oración y los sacrificios. Detrás de ellos, hay una consagración, un don, algo que se da y que se separa para Dios. Estos traen frutos espirituales, que, aunque no podamos verlos ni tocarlos, son eficaces.

Con nuestros ofrecimientos y oraciones nos unimos al sentido salvífico de nuestra fe, nos unimos como seres humanos y hacemos eficaz el bien, aunque no podamos dar un pedazo de pan o ir como voluntarios al lugar donde las personas están sufriendo.

«El dolor es parte de nuestra condición humana; deuda de nuestra raza de seres atados al tiempo y a la furtividad. No hay hombre sin dolor. Y no es que Dios “tolere” los dolores, es, simplemente, que Dios respeta la condición temporal del hombre, lo mismo que respeta que un círculo no pueda ser cuadrado. Lo que Dios sí nos da es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero. Empezó haciéndolo fructífero él mismo en la Cruz y así creó esa misteriosa fraternidad de dolor de la que nosotros podemos participar» (Martín Descalzo).

Para recordar que la oración y el ofrecimiento nunca son gestos inútiles, queremos compartir 3 claves para comprender que podemos hacer cuando nos sentimos impotentes frente al sufrimiento:

1. Ofrece tu vida

Jesús nos revela un hermoso misterio cuando se trata del sufrimiento, especialmente en el Evangelio de Juan, donde dice a sus discípulos: «Nadie tiene mayor amor que aquel que da su vida por sus amigos» (Juan 15, 13).

No se trata solo de una enseñanza: Jesús mismo lo vive eligiendo morir por nosotros en la cruz. Su sacrificio, su voluntad de pasar por toda esa humillación, nos muestra que el amor auténtico proviene del sufrimiento.

Por eso, los sacrificios personales que elegimos hacer, ofreciéndolos por aquellos que sufren, hacen parte de una «solidaridad redentora» en la que mis pequeños sufrimientos, ayudan a alivianar el dolor de los demás y nos invitan a entrar en el amor incondicional que hay en la lucha compartida.

2. Llena de frutos la cruz

En otras palabras, podemos unir cada dificultad, dolor o contratiempo al profundo sufrimiento de Cristo y ofrecerlo con Él como una poderosa oración por nosotros mismos y por los demás.

Cristo en medio de su sufrimiento nos muestra cómo es el amor verdadero. Podemos reflejar este tipo de amor a través de las cruces que elegimos llevar, sin importar cuán pequeños sean nuestros sacrificios.

3. Recoge la alegría

«Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría» (Benedicto XVI).

Cada vez que algo es dado con amor trae alegría. Y éste puede ser uno de los significados de la frase de Jesús: «Quien pierde su vida, la gana», que traducido podría expresarse así: «Quien renuncia a guardar su propia felicidad y se dedica a fabricar la de los demás, terminará encontrando la propia» (Martín Descalzo).

https://es.churchpop.com/te-sientes-impotente-ante-el-sufrimiento-estas-3-claves-en-base-a-la-fe-pueden-ayudarte

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