Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA

Introducción

 La orientación del espacio sagrado y de los cuerpos dentro de la liturgia nunca ha sido un elemento accesorio o puramente estético en el catolicismo; por el contrario, constituye una profesión de fe encarnada en el espacio y en el tiempo. En la misa tradicional católica, la celebración ad orientem —donde el sacerdote y los fieles se dirigen juntos hacia el altar— suele ser incomprendida por la mentalidad moderna, que la reduce a una mera cuestión de posturas o al equívoco de un supuesto distanciamiento del celebrante hacia su comunidad. Sin embargo, al adentrarse en la historia, la etimología y la mística litúrgica, descubrimos que esta antiquísima praxis no es un repliegue al pasado, sino una dirección compartida: un signo visible de una Iglesia en marcha que camina de cara al sol naciente, que es Cristo Salvador.

1. El Oriente bíblico: Raíz etimológica y significado espiritual del Sol naciente

La palabra Oriente proviene del latín oriens, orientis, que es el participio presente del verbo deponente oriri, cuyo significado evoca la acción de «nacer», «surgir», «brotar» o «levantarse». Desde la antigüedad, el cosmos ha sido para la Iglesia un lenguaje teológico vivo, donde el sol físico —aquella criatura que vence diariamente las tinieblas de la noche— no es un simple mito cósmico, sino un símbolo real de la Resurrección. Este simbolismo posee un profundo anclaje bíblico; en el canto del Benedictus (Lucas 1, 78) proclamamos con gozo: «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto», identificando a Cristo como el verdadero Sol Iustitiae (el Sol de Justicia) profetizado por Malaquías. Esta conversión hacia la luz se manifestaba con fuerza en la Iglesia primitiva durante el rito bautismal: los catecúmenos se volvían primero hacia el Occidente —lugar de la puesta del sol y símbolo de las tinieblas— para renunciar a Satanás, y acto seguido se giraban hacia el Oriente para profesar su fe en Cristo. Así, orar orientados es, en esencia, mirar de frente al Resucitado.

​2. El fundamento histórico y el Oriente espiritual

​Existe el error histórico de pensar que la oración hacia el Oriente fue una invención medieval o un capricho jerárquico. La arqueología y los textos patrísticos demuestran lo contrario: la orientación común de la oración es una tradición apostólica.

​Cuando los primeros cristianos ya no pudieron orar mirando hacia el templo de Jerusalén (tras su destrucción), reorientaron su geografía sagrada. Jerusalén ya no era un punto en el mapa, sino que el nuevo punto de referencia era el Cristo cósmico y glorioso. Por eso, incluso cuando las iglesias no estaban físicamente construidas con el ábside hacia el este geográfico (lo que se llamaba «orientación»), el crucifijo en el altar funcionaba como el «Oriente interior» u «Oriente espiritual». Toda la asamblea se dirigía visual y espiritualmente hacia ese punto.

3. Una liturgia cristocéntrica y el peligro del círculo cerrado

​En su célebre obra El espíritu de la liturgia, Joseph Ratzinger advierte sobre el riesgo de la misa celebrada exclusivamente versus populum (hacia el pueblo) si esta se malinterpreta en la praxis. Cuando el sacerdote y la asamblea se miran continuamente los unos a los otros, la comunidad corre el peligro de cerrarse sobre sí misma, convirtiéndose en un círculo autorreferencial donde la atención se desvía hacia la elocuencia o los gestos del celebrante. La orientación ad orientem recupera el cristocentrismo absoluto, recordando que el altar no es un escenario escénico ni una mesa de debate, sino el lugar del sacrificio donde el plano horizontal (el «tú y yo» de la asamblea) se subordina al plano vertical (el «nosotros hacia Dios»). Al mirar todos en la misma dirección, la personalidad del sacerdote se desvanece para que sea el Misterio mismo el que ocupe el centro de la celebración.

4. No de espaldas al pueblo, sino en la misma orientación que el pueblo

​La expresión popular que afirma que el sacerdote celebra de «espaldas al pueblo» es una imprecisión lingüística que distorsiona la realidad teológica y pastoral de este signo litúrgico. Como bien han señalado grandes pastores y liturgistas en su impulso por recuperar esta riqueza, el sacerdote no está dando la espalda a los fieles de manera despectiva o excluyente, sino que se sitúa exactamente en la misma orientación que ellos. Se puede comprender mejor mediante la analogía de una marcha, una procesión o el puente de mando de un barco: el guía, el capitán o el pastor no camina mirando de frente a quienes lo siguen, sino que avanza a la cabeza, abriendo camino y mirando en la misma dirección hacia la que todos se dirigen. El sacerdote actúa aquí como alter Christus encabezando al rebaño; es un suplicante más que camina junto con el pueblo santo hacia el encuentro con el Señor, ofreciendo un signo potentísimo de unidad donde cuerpo y cabeza miran juntos al Esposo que viene en humilde expectación escatológica.

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