La soberbia espiritual es una de las tentaciones más difíciles de reconocer porque suele disfrazarse de virtud.
La vida espiritual no está exenta de riesgos. A veces, mientras buscamos acercarnos a Dios mediante la oración, los sacramentos o el servicio a los demás, puede surgir una tentación sutil y difícil de reconocer: la soberbia espiritual. Se trata de una actitud que nos lleva a confiar más en nuestros propios méritos que en la gracia de Dios, a sentirnos superiores a los demás o a creer que nuestro camino de fe nos hace mejores que quienes piensan o viven de manera distinta.
Jesús advirtió constantemente sobre este peligro, especialmente al señalar la actitud de los fariseos, quienes cumplían externamente la ley, pero habían olvidado la humildad y la misericordia. La soberbia espiritual suele disfrazarse de virtud, por lo que no siempre es fácil identificarla en nosotros mismos. Por eso es importante examinar nuestro corazón y preguntarnos si nuestra relación con Dios nos está haciendo más humildes y caritativos, o más críticos y autosuficientes.
El padre José Alberto Medel, miembro del Colegio de Exorcistas de la Arquidiócesis Primada de México, nos comparte tres señales que pueden ayudarnos a reconocer si la soberbia espiritual está comenzando a echar raíces en nuestra vida.
¿Qué es la soberbia espiritual y cómo afecta nuestro camino de fe?
El padre Medel señala que la soberbia se refiere a una autopercepción. El soberbio se autopercibe más de lo que es y por tanto quiere sobrepasar o pretende sobrepasar los distintos ámbitos de la vida humana.
“Por ejemplo, existe la soberbia intelectual, que está en alguien que cree saber más de lo que sabe o sabe más que los demás. O está la soberbia moral, de la persona que se cree más buena de lo que realmente es”.
En el caso de la soberbia espiritual, explica, se trata de una persona que se cree más en el desarrollo de su vida espiritual que los demás.
3 señales de una persona con soberbia espiritual
1. Autopercepción
Una persona va a creer y a autopercibir que su fe es suficiente para lo que él considera que debe de ser la práctica de la religión.
Una persona humilde, en cambio, reconoce que Jesucristo es la única forma en que podemos medir nuestra fe. “El Evangelio de Jesucristo es la medida de mi religiosidad. Es decir, yo sabré si estoy viviendo una religión conforme al querer de Dios, sí sigo su evangelio”.
Al no tener la medida de fe que da el evangelio, nace la autopercepción de que la fe se va a medir a partir de uno mismo.
La fe firme, explica el padre Medel, “es la de aquel que se esfuerza con conocer el el Evangelio; por tanto, crece en la fe de Jesucristo, su Evangelio y a partir de ahí mide qué tanto ha correspondido aquello que Jesús manda”.
Una persona que se enfrenta constantemente al Evangelio, se va a dar cuenta que enfrenta muchos desafíos en su vida de creyente y que le hace falta mucho por crecer y cultiva la humildad en su vida.
2. Comparación
Alguien soberbio va a estar en una continua comparación con los demás y, por tanto, en una especie de revancha espiritual .
“Una persona que cree que tiene una autopercepción personal con respecto a su vida espiritual, va a tener como síntoma el compararse con otros, porque esa es la característica fundamental del soberbio”, comenta el padre Medel.
Es decir, como carece de un parámetro para medirlo, la persona se convierte en su norma de vida, en medida de la moralidad, de la intelectualidad, de la esperanza, de la fe, de la caridad. “Entonces, yo puedo decir que soy mejor que los demás, porque según mis estándares, así es”.
3 Ser mejor moralmente
Una persona con soberbia espiritual va a creerse superiormente más bueno que los demás. Esto viene alimentado por una falsa concepción de la fe.
Por el contrario, el que tiene auténtica fe se confronta con el evangelio, porque el evangelio es la verdadera medida de la moral. “Lo dice San Pablo, hay que crecer a la estatura de Cristo. Por tanto, yo me confronto con el evangelio, porque confrontándome con el evangelio puedo saber qué tanto he crecido”.
Cómo nos ayuda la Palabra de Dios a ser humildes
De acuerdo con el padre Medel, el Evangelio nos ayuda a mirar a Jesús, ejemplo por excelencia de la humildad y la obediencia al Padre.
“¿Cómo sabemos que es el Mesías? Porque Jesús vino a cumplir las promesas de Dios Padre. ¿Dónde están esas promesas? Estas se encuentran en el Antiguo Testamento, en la ley y en los profetas. Entonces, Jesús es humilde porque Él cumple las promesas de Dios que están escritas en el Antiguo Testamento”.
Por esta razón, el evangelio es la enseñanza de cómo Jesús, siendo Dios, aprendió a obedecer padeciendo. Es el primero que obedece a Dios, su Padre, cumpliendo al pie de la letra todo lo que el Padre prometió a través de la ley y los profetas.
Otros ejemplos de humildad y obediencia se encuentran en María y José, “dos creyentes en Dios que creían en Él y en sus promesas. Fueron los primeros que confiaron en Dios esperando que esas promesas se cumplieran. Lo que nunca se imaginaron es que ellos iban a ser protagonistas de estas promesas. Y por eso, cuando el ángel dice a María que Dios le escogió para ser la Madre de su Hijo, María dice, ‘Hágase en mí según tu palabra’, porque ella creía y anhelaba el cumplimiento de esas promesas”.
Luego, el texto nos dice de José que el ángel explicó la situación de su esposa y José se levantó e hizo lo que Dios le dijo.
No ser “fariseístas”
Otros ejemplos de obediencia y humildad en Jesús son las confrontaciones que tiene con el prototipo del orgullo: los saduceos, los fariseos, los sumos sacerdotes y los escribas.
Ellos creían dominar la palabra de Dios, y Jesús los confronta acerca de que viven una fe vacía, sin sentido, puramente legalista.
“Todas las diatribas de Jesús con los fariseos son un tratado, digamos así, contra el orgullo, contra la soberbia, particularmente la soberbia espiritual”.
Por último, Jesús, antes de padecer durante la oración en el huerto, le dice a su Padre: “Si es posible, aparta de mí esta copa, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
“¿De qué voluntad habla? De la del Padre manifestada en la ley y en los profetas. Allí decía que el Mesías tenía que padecer y por eso Jesús dice: “Yo acepto esto, expreso que no lo quiero porque es doloroso, pero yo quiero lo que Tú quieres’”, explica el padre Medel.
Jesús nos enseña el más grande ejemplo de humildad cuando Él entrega su vida y toda su pasión la vive en silencio pudiéndose defender, pudiendo hacer lo que fuera para escapar de quienes lo habían capturado para matarlo, pero Él decidió porque estaba cumpliendo las promesas de su Padre.
¿Es preocupante que queramos tener siempre la razón en temas de fe?
El padre Medel comparte que el problema no está en tener razón en temas de fe.
“Es muy bueno que personas, como los laicos, se preocupen, se formen y sepan bien lo que tienen que saber y hacer”.
Al respecto, pone un ejemplo actual:
“Cuando vamos a un concierto y escuchamos a un violinista que toca el violín magistralmente, la gente expresa que es soberbio y no se trata de un insulto. Ahí la palabra soberbio en su acepción más pura se refiere a alguien que sabe hacer las cosas y las hace bien. Entonces, tú esperas de un músico que dé un gran concierto, o sea, que su música sea estupenda. Si tú vas a un médico, esperas que el médico sea una persona muy preparada y que te cure; si vas con un ingeniero esperas que haga servicio con el máximo profesionalismo”.
Entonces, la verdadera humildad nos hace reconocer lo que somos y sabemos: “esto lo sé y lo hago bien porque lo sé y si esto no lo sé no lo hago porque no lo sé”.
Si un cristiano conoce bien su fe, no tiene por qué tener miedo a decir lo que sabe, eso no es orgullo, sino un ejemplo.
“Sin embargo, cuando nosotros empleamos las cosas que sí sabemos pero no las empleamos para el bien, y en suma pretendemos corregir a los demás, eso es soberbia espiritual”.
Por eso, lo que se espera de un laico comprometido es que lo que sabe, lo ponga en servicio de los demás con humildad y que por esa misma humildad sea capaz de decir, “Esto no lo sé, esto no lo puedo.”
No debemos tener miedo a hacer bien las cosas que sabemos
Se espera que un creyente que conoce el evangelio, lo enseñe con claridad y con verdad y lo que no sepa, no se extralimite, porque ahí es donde puede caer en la soberbia.
“Hay que volver a los padres de la iglesia en los primeros siglos. Ellos estaban seguros de su fe, pero ellos no llegaban humillando ni minimizando ni haciendo menos a los demás que no conocían a Dios, sino que dialogaban con ellos. San Pablo nos da el ejemplo:
Cuando él que llega a Atenas y vio todos los dioses, no dijo, ‘Idólatras, paganos’. Por el contrario, se da cuenta de que es gente muy creyente, muy piadosa y tan lo son que hasta tienen un monumento al Dios desconocido por si alguno les faltara”.
Entonces, una persona humilde va a dialogar, va a abrirse a la experiencia del otro, una persona con soberbia espiritual o con orgullo espiritual va a creer que sabe más que el otro y ordinariamente no sabe, porque aquí el problema siempre con los soberbios y los orgullosos es que suelen ser ignorantes.
Cómo combatir la soberbia espiritual desde la misericordia y los sacramentos
La Iglesia nos da las obras de misericordia. Los vicios no se combaten luchándolos de frente, sino adquiriendo la virtud. Estas “nos enseñan a ver lo que yo puedo dar y a ver lo que el otro necesita”.
Ejercitar las obras de misericordia nos hace crecer en la virtud y la humildad y así combatir el orgullo y la soberbia.
Por otro lado, todos los sacramentos son una experiencia de humildad.
“En los sacramentos reconocemos lo que dice Jesús en el capítulo 15 versículo 5 de San Juan: ‘sin mí no pueden hacer nada’. El hombre, confrontándose con el evangelio, se da cuenta de que necesita de algo más que su buena voluntad para cumplir todo lo que el Señor mandó, se deja abrazar por Él y deja que sea su gracia la que lo ayude a poder realizar el ambicioso plan de la santidad”.
La santidad es nuestra verdadera mera. Y es Dios quien nos pone esa meta, y además además nos marca el camino y nos da los medios para alcanzarla. “Ese camino y esos medios son la gracia que se recibe en cada uno de los sacramentos”.
Por eso la ayuda que necesitamos para lograr vencer el orgullo y crecer en la humildad es la acción de la gracia que recibimos por la misericordia y los sacramentos que nos da Dios de forma gratuita.
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