Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA

No eres un simple espectador en la parroquia: la profunda dignidad y el poder espiritual de los ministerios laicales.

San Pablo nos enseña que existen diversos dones, pero un único Espíritu. En el Cuerpo Místico de Cristo, la gracia se derrama en múltiples servicios. Mientras el presbiterado o el diaconado se confieren mediante el sacramento del Orden, existe una inmensa riqueza teológica en los llamados ministerios laicales, donde el fiel sirve a la Iglesia sin perder su condición secular.

Durante siglos, tareas como proclamar la Palabra, asistir en el altar o expulsar demonios se consideraron «órdenes menores» (ostariado, exorcistado, etc.), sirviendo casi exclusivamente como pasos previos hacia el sacerdocio. Sin embargo, tras el Concilio Vaticano II, el Papa San Pablo VI renovó esta visión, devolviendo a estas funciones su identidad propia. Hoy, la Iglesia reconoce tres ministerios laicales oficiales: el acolitado, el lectorado y el servicio de catequista.

¿Significa esto que no puedes ayudar en Misa si no estás formalmente instituido? En absoluto. Cualquier laico bautizado puede leer las Escrituras, servir en el altar o enseñar la fe de manera temporal. La diferencia teológica radica en que quienes son instituidos mediante el rito litúrgico oficial asumen esta misión sagrada de forma estable y permanente ante la comunidad. Además, la Iglesia ha clarificado que tanto hombres como mujeres pueden recibir esta institución litúrgica.

Bajo el magisterio vivo de Su Santidad León XIV, se nos insiste en que el laicado no es un estado de pasividad espiritual. Asumir un servicio en tu comunidad, sea de facto o instituido, exige una vida en gracia, obediencia a la sana doctrina y un amor reverente por la sagrada liturgia. 

No estás simplemente «llenando un vacío» en tu parroquia; estás ejerciendo el poder de tu bautismo para la salvación de las almas.

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