Por Gisselle Rodríguez López 

Hay rostros que no necesitan gesto para decir lo que han visto.

El del maestro Salvador Herrera García permanece sereno, como quien ha pasado la vida observando, reuniendo palabras, cuidando silencios.

En esta imagen lo vemos de frente, con la mirada fija, sin pretensiones. Viste sencillo, como fue también su manera de andar entre la gente: sin estridencias, pero con una presencia constante. Detrás de esos lentes está uno de los últimos hombres que se dedicó, con paciencia, a sostener la memoria de Catemaco.

Salvador Herrera García nació en esta tierra, hijo de Nabor Herrera Barrios y Ana Judith García Cadena. Aunque hubo temporadas en que salió por estudios y trabajo, su vínculo con Catemaco nunca se rompió. Aquí formó su familia junto a Olivia Pretelín Moreno y sus hijos Salvador y Juan Pablo. Aquí también encontró el motivo central de su vida: entender y narrar el origen de su pueblo.

Su formación fue amplia y poco común en la región: Licenciado en Comunicación, maestro en Artes Visuales, con diplomado en letras españolas y formación en artes gráficas en La Habana, gracias a una beca de la ONU. Esa mezcla de disciplinas se reflejó en su trabajo: fue creativo en agencias de publicidad, subdirector del suplemento cultural de La Jornada, guionista en Radio Educación, jefe de redacción en la SEP, maestro de literatura y fundador —y dos veces director— de la Casa de Cultura de Catemaco.

  • Pero más allá de los cargos, su vocación era otra.
  • “Un cronista es el guardián de la memoria de los pueblos”, decía.

Y asumió ese papel en enero de 2016, cuando fue nombrado cronista de la ciudad por consenso de cabildo, respaldado por cronistas de otras ciudades. Para él no era solo un reconocimiento, sino una responsabilidad: amar al pueblo, investigar sin descanso, trabajar incluso sin archivos suficientes, recorrer caminos para encontrar datos, y escribir con apego a la realidad.

Sabía que en Catemaco muchas historias no estaban en papeles, sino en la voz de la gente y en la memoria que se va perdiendo.

  • Su trabajo fue lento, callado, como él mismo lo definía.

Además de cronista, fue un hombre de arte. Dominó diversas técnicas pictóricas, con inclinación por el grabado en madera y linóleo. En la literatura cultivó el cuento desde joven. Publicó en medios como La Jornada, Diario de Xalapa, El Dictamen y diversas revistas culturales. Su libro Entre la magia y la bruma, con estampas catemaqueñas, obtuvo en 2007 el reconocimiento del Concurso Sergio Galindo del IVEC. También participó en antologías y dejó otros textos inéditos, entre ellos crónicas, relatos y apuntes para una monografía de Catemaco, que él mismo, con modestia, evitaba llamar historia.

Fue también promotor cultural, coordinador de talleres, activista en defensa del entorno ecológico y formador de generaciones que aprendieron a leer y escribir mirando su propio entorno.

Cuando hablaba de la historia de Catemaco, señalaba momentos que, más allá de lo documentado, dieron forma a la identidad del pueblo. Uno de ellos era el encuentro del pescador con la imagen de la Virgen del Carmen. Decía que, creyentes o no, ese hecho marcó un lazo profundo entre quienes nacieron aquí.

Quizá por eso entendía su labor como algo más que escribir: era sostener ese lazo.

El pasado mes de abril de 2025, el maestro Salvador Herrera García cerró su ciclo. Con su partida, Catemaco pierde a su último cronista oficial, pero sobre todo a uno de los pocos que asumieron la tarea de escuchar antes de escribir.

Hoy su imagen permanece. Y en ella, algo más que un retrato: la quietud de quien dedicó su vida a que la memoria no se fuera del todo.

Porque hay historias que no se gritan.

Se guardan.

Y él fue, hasta el final, uno de sus guardianes. ©ACG • Catemaco Fotos — Archivo: Salvador Herrera García (edición digital) — Crónica basada en entrevista del Prof. Cándido Mixtega Taxilaga (Esto es Catemaco)

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