Por Yolanda Rivera Aguilar/CUBIFEST
Cada último sábado de enero, el Cerro del Cubilete en Silao, Guanajuato, se convierte en el epicentro de una de las expresiones de fe juvenil más vibrantes de México: la Marcha Nacional Juvenil al Santuario de Cristo Rey.
Miles de jóvenes —en ediciones recientes han superado los 40 incluso 45 mil participantes— que llegan de diversas diócesis y rincones del país para ascender a los pies del imponente monumento de Cristo Rey, símbolo de la soberanía de Cristo y recuerdo vivo de la fe cristera.
La experiencia comienza la noche del viernes anterior. Alrededor de las 10:00 u 11:00 pm, en la explanada de San Juan Pablo II o en la base del cerro (como en la comunidad de Aguas Buenas), arranca el «Cubifest», festival juvenil lleno de energía.
Bandas de música católica en vivo llenan el aire con alabanzas, ritmos contemporáneos y letras que invitan a la entrega total a Dios. Los jóvenes cantan, bailan, comparten testimonios y viven momentos de convivencia fraterna bajo las estrellas. Todo esto ocurre con Cristo Eucaristía expuesto, ya que durante el festival se mantiene la adoración perpetua, permitiendo que los participantes acercarse al sacramento de la reconciliación o simplemente permanezcan en silencio ante el Santísimo.
El concierto se extiende a la madrugada, manteniendo viva la llama de la oración y la alegría. Cuando el cielo comienza a clarear, alrededor de las 6:00 am del sábado, tiene lugar la Hora Santa, un momento solemne de adoración eucarística que prepara el corazón para el ascenso. Es un instante de profundo recogimiento: oraciones, cantos eucarísticos y reflexiones que recuerdan que este camino no es solo físico, sino un peregrinaje interior hacia Aquel que reina desde la cruz.
Con el banderazo de salida, inicia la marcha. El ascenso al Cerro del Cubilete, con sus pronunciadas pendientes y escalones, se transforma en un río humano de camisetas coloridas, mochilas, cruces al hombro y banderas diocesanas ondeando. Los jóvenes suben alegres, cantando a todo pulmón, animándose mutuamente con gritos de “¡Viva Cristo Rey!”, riendo, compartiendo agua y chocolates, formando cadenas humanas para ayudarse en las partes más empinadas. La música no se detiene: consignas, alabanzas e improvisadas coreografías mantienen el ánimo en alto.
Pero no todos llegan con el mismo paso. Entre la multitud hay quienes suben cumpliendo mandas, descalzos o de rodillas en tramos, con el rostro marcado por el esfuerzo y la promesa hecha en momentos de dolor o necesidad. Otros ascienden agradeciendo, con lágrimas de emoción, porque Cristo Rey ha hecho posible lo imposible: una sanación inesperada, una puerta que se abrió cuando todo parecía cerrado, un milagro en la familia o en la vida personal. Hay testimonios que se comparten en voz baja mientras se camina: “Le pedí que salvara a mi hermano y aquí estoy cumpliendo”, o “Gracias, Rey mío, por darme fuerzas cuando no podía más”.
El punto culminante llega en la cima. Ante la estatua monumental de Cristo Rey, con vista panorámica de Guanajuato, los jóvenes se congregan para la Santa Misa, presidida habitualmente por el arzobispo de León e incluso el Nuncio Apostólico. Es un momento de consagración colectiva, de renovar el bautismo y el compromiso con la fe. Muchos levantan sus brazos, otros se abrazan, y el grito unánime resuena: “¡Viva Cristo Rey!”.
Al mediodía o poco después, tras la bendición final, comienza el descenso y el regreso a casa. Pero algo queda grabado en el alma: esa noche de alabanza, esa madrugada de adoración, ese ascenso compartido y la certeza de que, en el Cerro del Cubilete, Cristo Rey sigue reinando en corazones jóvenes que no temen caminar por Él. Cada último sábado de enero, la montaña se llena de esperanza, y miles regresan transformados, listos para ser centinelas de un reino que no es de este mundo.
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