En su visita pastoral a Asís, el Papa celebra en Santa María de los Ángeles la misa con los jóvenes participantes en el «Go! Franciscan Youth Meeting 2026!» y les invita a seguir a Cristo, a «vencer la resignación y el miedo» y a «escribir nuevas páginas de la historia». San Francisco es un ejemplo a imitar; «Europa y el mundo entero buscan» en las nuevas generaciones «nuevos santos» y «artífices de la paz» comprometidos con «servir a la vida en los escenarios más trágicos de la muerte»
Tiziana Campisi – Ciudad del Vaticano
En el Evangelio se puede encontrar un sentido y se puede vislumbrar un camino: es el que señala Jesús, en quien Dios se revela. León XIV tiene palabras claras para los jóvenes reunidos hoy, 6 de agosto, en Asís con motivo del Go! Franciscan Youth Meeting 2026!, durante la misa que ha presidido en Santa María de los Ángeles. Cristo es el Maestro al que hay que seguir, junto al cual hay que avanzar hacia el futuro: «¡Vamos! Let’s go! —anima— a los márgenes, donde la injusticia y la prepotencia de unos pocos niegan la dignidad y los sueños de muchos, de demasiados hijos e hijas de Dios».
De hecho, estamos llamados a leer las Escrituras con el Maestro, a interpretar nuestro tiempo y a tomar decisiones, siguiendo su camino. Estamos aquí para vencer la resignación y el miedo, para disipar las dudas que también nos frenan a nosotros, tal y como frenaban a los apóstoles. Jesús nos llama a dialogar con su historia, para escribir nuevas páginas de la historia.
Y Asís es un lugar en el que «todo susurra que nuestra vida puede cambiar de forma, irradiar luz, reparar el mundo», señala el Papa, recordando que «aquí comenzó la transfiguración de Francisco, de Clara y luego de miles de otros jóvenes» al acoger el Evangelio «sin concesiones», y así «la vida de Jesús ha renacido en ellos».
El dinamismo de la escucha y la decisión
En el día en que la Iglesia celebra la festividad de la Transfiguración del Señor, «un misterio de luz», «alegre, pero también lleno de interrogantes sobre el presente y el futuro», que el relato evangélico nos da a conocer mostrándonos también «el contraste entre la luz y la sombra, el silencio y las palabras, el asombro y la incomprensión», el Sumo Pontífice desarrolla su homilía partiendo precisamente de lo ocurrido en el Monte Tabor, donde, «en la transfiguración de Jesús», Dios mismo se reveló «en su gloria», señalando al Hijo e invitando «a escucharlo». Allí estaban Pedro, Santiago y Juan, a quienes Jesús había llevado aparte. Y «en el monte, los apóstoles contemplan a Jesús orientándose hacia su propio futuro». Ese rostro que «resplandeció como el sol» y esas vestiduras que «se volvieron blancas como la luz» remiten también a la mañana de Pascua, reflexiona León, a aquel ángel que anunció la Resurrección, cuyo «aspecto era como un relámpago y su vestidura blanca como la nieve». Símbolo de la «luz de un nuevo día, hacia el que nos orientamos, mientras que a nuestro alrededor, y a veces en nuestro interior, aún reina la oscuridad». Pero «el amanecer» está presente en muchos «santos canonizados, como San Francisco y Santa Clara, y en una miríada de hermanos y hermanas que responden al mal con el bien», subraya el Papa, quien anima: «No estamos solos». Señalando a los jóvenes que «en estos días» lo han «experimentado», al encontrarse y escucharse mutuamente, «pasando del ruido de voces que se superponen y se contradicen al arte de la conversación».
La Iglesia existe para llevarnos a este dinamismo de escucha y de decisión, en el que comprender para quién vivir y cómo vivir. Es la comunidad en la que aprender a distinguir la voz de Dios, que nunca coincide simplemente con nuestras opiniones, y atrevernos a esa obediencia al Espíritu Santo que ha hecho audaces y creativos a todos aquellos que han aceptado seguir a Jesús.
Los vínculos que llaman a la vida nos transfiguran
Si nos separamos de Dios y de los demás «nos desfiguramos, «nos transfiguramos, en cambio, en los vínculos que nutren y llaman a la vida», añade el Sumo Pontífice, quien, al referirse a la «espiritualidad franciscana», la destaca como «una de las más atentas a reparar las relaciones fundamentales con Dios y con todas sus criaturas: una armonía que hay que custodiar y cultivar, hoy más que nunca». A continuación, reitera aquella invitación dirigida a «cada generación», en su primera encíclica Magnifica humanitas, a «hacer madurar la historia como un lugar en el que se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad», mientras que «allí donde la humanidad corre el peligro de perder su propio rostro», los «cristianos» están llamados a levantar «la mirada hacia el Dios que se ha hecho carne, sabiendo que “solo en el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre”». Por este motivo, «esta magnífica humanidad en Jesucristo se convierte en el Camino, la Verdad y la Vida, abriéndonos a cada uno de nosotros el camino para crecer hacia la plenitud».
La razón por la que san Francisco, ochocientos años después de su muerte, sigue atrayéndonos, reside en la magnífica humanidad que le llevó a abandonar los caminos ya trazados, para que se abriera uno nuevo, más coherente con el camino de Jesús.
Creer en la palabra del Evangelio
Si la elección de Francisco pareció revolucionaria, «aún más impresionante» es la de Clara, quien, al igual que Francisco, «quería vivir, como mujer, libre». «Es la energía del cristianismo, la de sus inicios y de sus múltiples nuevos comienzos», explica el Papa.
Pues bien, queridos jóvenes, hoy Europa y el mundo entero buscan en ustedes nuevos santos: ¡atrévanse a creer en la palabra del Evangelio, conviértanse en seres humanos con la libertad de Jesucristo, abracen a la hermana pobreza! El título de su encuentro —¡Adelante!— es una misión, un envío por caminos de los que no tenemos mapas, pues se abren escuchando al corazón, obedeciendo al Espíritu, siguiendo al Resucitado allí donde ha querido precedernos.
Todo esto debe hacerse sin distanciarnos «de las llagas del Señor», como advirtió «el papa Francisco, inspirándose en el Poverello de Asís», prosigue León XIV citando la Evangelii gaudium,enla que su predecesor advierte que «Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos refugios personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del meollo del drama humano».
Consagrarse a la civilización del amor
Y aunque «pueda no ser comprendido, incluso por los de casa, como le sucedió a San Francisco», «alejarse de la cultura del poder y derribar los muros que separan a los seres humanos entre sí nunca supone traicionar a la familia, a la ciudad ni a la tradición», subraya el Sumo Pontífice; más bien conduce a «liberarlas de sus fantasmas, de enemigos inventados por el miedo y la ignorancia, de la violencia con la que se querría imponer el propio pequeño orden sobre una realidad que nos supera por todas partes».
Confiar en Dios es redescubrir, como Francisco y Clara, un mundo de hermanos y hermanas a quienes apreciar y servir, no a quienes explotar y dominar. No un mundo que hay que defender, sino que hay que acoger. Conságrense, queridos jóvenes, a la civilización del amor, cuyos brotes han podido contemplar en tantos ejemplos de gratuidad, y que transfigura —a imagen de Cristo— a innumerables artífices de la paz que, también hoy, se dedican a servir a la vida en los escenarios más trágicos de la muerte.
Comprometerse al estilo de san Francisco
El Papa pide a las nuevas generaciones que aúnen sus «mejores energías»: «los estudios, las competencias, el trabajo, las amistades, el amor, la oración», actualizando de diversas maneras la visión de Francisco. León lo recuerda repitiendo la conocida oración atribuida al Poverello: «Señor, haz de mí un instrumento de tu paz», indicando que hay que ir «donde hay odio» para llevar «el amor», «donde hay ofensa» para llevar «el perdón», «donde hay discordia» para llevar «la unión», «donde haya error» para llevar «la verdad», «donde haya duda» para llevar «la fe», «donde haya desesperación» para llevar «la esperanza», «donde haya tinieblas» para llevar «la luz», «donde haya tristeza» para llevar «la alegría». Todo ello para «consolar», «comprender» y «amar», entregándose y ofreciéndose por completo.
Por último, deseando a los jóvenes que «estos días en Asís» queden grabados en su «memoria», León XIV les desea «un regreso reflexivo, abierto al futuro y comprometido con Jesucristo».
