Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA
En 2008, el Papa Benedicto XVI tomó una decisión que sorprendió al mundo: restauró de forma exclusiva la Comunión de rodillas y en la boca en todas sus misas papales.
En su libro «Luz del Mundo», el propio pontífice explicó el porqué: quiso dar una señal de profundo respeto y poner un signo de exclamación sobre la Presencia Real de Cristo.
A veces, la prisa de la vida moderna nos hace olvidar Quién está realmente en el altar. No es pan. No es un símbolo. Es Dios mismo, vivo, entregándose a nosotros.
Ponernos de rodillas no es un acto de servidumbre ni una humillación. Es, al contrario, el mayor acto de libertad: el reconocimiento sincero de la grandeza infinita de Dios y de nuestra propia pequeñez ante Él.
Como enseñaba San Agustín, citado por el propio Benedicto XVI: nadie come esa carne sin antes adorarla.
Recibir a Cristo directamente en la boca también nos recuerda algo esencial: la Gracia no se «agarra» ni se «toma» como cualquier objeto cotidiano. Se recibe. Con humildad, con asombro, con gratitud, como un don totalmente inmerecido.
Es importante recordarlo: la norma universal de la Iglesia sigue siendo recibir de rodillas y en la boca. Recibir en la mano es un permiso especial concedido después del Concilio Vaticano II, no la forma original ni la más solemne.
Benedicto XVI nunca obligó a nadie. Pero con su propio ejemplo, lanzó una invitación silenciosa a toda la Iglesia: recuperar el temor de Dios, el asombro ante el Misterio, la reverencia que merece quien es verdaderamente Santo.
Guardemos el corazón para el Misterio. Que cada Comunión sea, de nuevo, un encuentro que nos deje de rodillas por dentro, aunque el cuerpo permanezca de pie.
¿Tú cómo recibes la Comunión? Comparte esta reflexión si crees que vale la pena recordarlo.
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