Necesitamos comprender es que nuestra vida de oración consiste en estar con Jesús.

Estamos acostumbrados a orar pidiendo; en un diálogo unilateral con Dios le hablamos de nuestras necesidades, preocupaciones y dificultades, la mayoría de las veces nos centramos poco en Él y nos enfocamos más en nosotros mismos.

Cuando el Señor invitó a sus discípulos a seguirlo, no les dio una serie de instrucciones: los invitó a estar con Él (Mc 3, 13- 14), por eso lo primero que necesitamos comprender es que nuestra vida de oración consiste en estar con Jesús, en pasar tiempo con Él permitiendo que hable a nuestro corazón.

Más allá de la técnica o el método

Cuando comenzamos a orar, las técnicas o los métodos exteriores nos ayudan en este encuentro: la postura, la composición del lugar, la oración vocal, etc., pero estos medios se pueden convertir en limitantes cuando dejamos que se conviertan en lo central.

Poco a poco, si perseveramos en pasar tiempo con Jesús, y no solo en los métodos, vamos descubriendo que queremos ir más a lo profundo, que queremos hacer de nuestro encuentro algo más íntimo, más personal. Nos pasa que nuestra alma se va a uniendo más a Dios y quiere quedarse con Él. A esta oración la llamamos oración de contemplación. Una oración que se centra más en Dios -en quién es Él y en lo que Él nos quiere dar- que en lo que nosotros logremos por tener un gran espacio de encuentro con Él. En la contemplación lo central es Dios.

No conseguir objetivos ni fines

No vamos a la oración para conseguir un fin, vamos para construir una relación de amor. Las relaciones amorosas no tienen un fin instrumental, ellas son el fin en sí mismo. Si concebimos la oración como una relación amorosa, nos alegramos de la existencia de la otra persona, aunque no consigamos algo de ella.

Por eso en la oración de contemplación poco importa si estamos concentrados, si usamos una buena técnica o si conseguimos un consuelo; en ella lo que importa es unir nuestra alma a Dios. Santa Teresa de Jesús nos dice que no debemos ir a la oración a buscar un sentimiento reconfortante, debemos ir a ella para unirnos a Jesús con voluntad determinada.

A veces es difícil poner el pensamiento en Dios y por más de que lo intentemos no lo podemos lograr. Entonces se trata de centrarnos en que estamos allí con Jesús a pesar de que nuestro pensamiento nos distraiga. No desanimarnos y unirnos a Él desde lo hondo de nuestro corazón. La peor tentación es pensar que estamos perdiendo el tiempo, porque mientras hacemos oración con la voluntad, nada está perdido.

Ir al centro

Es así que la clave está en centrarnos menos en nosotros mismos y dedicamos más a los intereses de Jesús. La oración es, ante todo, procurar saber qué es lo que quiere Dios de nosotros y desear ponerlo por obra. Cuando tratamos de hacer de nuestra oración solo un momento gratificante o revitalizante, el centro deja de ser Dios para pasar a ser nuestro propio bienestar. 

Por eso se trata de anteponer el deseo que Dios tiene de que estemos con Él y darle gusto, como hacemos muchas veces con las personas que amamos. La felicidad cristiana poco tiene que ver con la felicidad que entiende el mundo hoy: un estado de bienestar personal. La felicidad evangélica tiene que ver con la entrega, con el amor gratuito, con buscar el bien del otro.

A la oración hay que ir con el deseo de trascender toda ciencia, como dice san Juan de la Cruz. Es por eso que nuestro encuentro con Dios está mucho más allá de cualquier sentimiento y pensamiento, éstos, nos dan una idea de lo que es Dios, pero no pueden descubrirnos lo que Él es en sí. Dios es mucho más y se nos quiere dar a conocer en nuestro interior. 

https://es.churchpop.com/has-probado-una-oracion-en-la-que-no-pides-nada-asi-puedes-acercar-tu-corazon-a-dios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Contenido Protegido