Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA
Durante dos mil años, las mujeres católicas cubrieron su cabeza para entrar a una iglesia.
En México, durante siglos, la mantilla de encaje negro o blanco era parte del atuendo dominical como el vestido del color correcto.
Ninguna mujer bien educada habría pensado en entrar a misa con la cabeza descubierta.
El Código de Derecho Canónico de 1917 establecía formalmente que las mujeres debían cubrirse la cabeza al estar dentro del templo o al recibir los sacramentos.
- No era costumbre ni sugerencia: era canon
En la tradición católica, aquello que es sagrado se vela. El copón que guarda la Eucaristía se cubre con un velo, el sagrario tiene sus cortinillas, el altar se cubre con manteles. La mujer con mantilla era la extensión de esa misma lógica sagrada: lo que vale se cubre.
El color tenía su propio lenguaje: las solteras usaban blanco, las casadas negro, las viudas negro absoluto. La mantilla era también un estado civil portátil, un documento que cualquiera podía leer desde el banco de atrás.
- Lo que terminó con la tradición no fue una prohibición ni un decreto
El nuevo Código de Derecho Canónico de 1983 simplemente ya no menciona la obligación, como tampoco aparece en el nuevo misal promulgado por el Papa Pablo VI en 1969.
- Al dejar de ser prescrito, el velo quedó como venerable tradición
La Iglesia no abolió la mantilla. La dejó de mencionar. Y eso fue suficiente para que desapareciera en una generación. Las mujeres que habían llevado mantilla toda su vida dejaron de ponérsela. Sus hijas nunca la adoptaron. Sus nietas no sabían que había existido.
Lo que dos mil años de canon no pudieron mover, lo movió el silencio del Vaticano en quince años. El resurgimiento del velo está siendo liderado no por una imposición sino por mujeres jóvenes, especialmente millennials, que han vuelto a la tradición por elección propia.
- La mantilla que las abuelas usaron por obligación la están recuperando las nietas por convicción
La historia del velo en México es la historia de cómo una prenda puede ser al mismo tiempo una norma, un símbolo, un estado civil, una declaración de fe y una forma de rebeldía contra la rebeldía.
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