Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA 

«Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis. Requiescant in pace. Amen».

«Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua. Descansen en paz. Amén».

Si bien la Santa Misa ofrecida por los difuntos es el mayor acto de sufragio por el alma de quienes han concluido su peregrinaje terrenal y forman parte de la Iglesia purgante, la tradición cristiana conserva también la piadosa costumbre de interceder de una manera muy sencilla, al alcance de todos los fieles, con la oración litúrgica por excelencia para el alivio de los difuntos: el Requiem æternam («Dales, Señor, el descanso eterno…»). 

Lejos de ser una simple fórmula de cortesía fúnebre, esta antiquísima jaculatoria es una llave espiritual refrendada oficialmente por la Santa Sede a través del Enchiridion Indulgentiarum (el Manual de indulgencias de la Penitenciaría Apostólica). 

La Iglesia le concede el privilegio de una indulgencia parcial cotidiana bajo una condición hermosísima: este beneficio no puede ser aplicado para uno mismo en vida; pertenece de forma exclusiva a las almas que padecen en el purgatorio. 

Finalmente, durante la primera semana de noviembre, este ruego se eleva y se vincula a la concesión de indulgencias plenarias cuando se realiza la visita al cementerio, convirtiendo un doloroso deber en un canal de gracia absoluta.

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