Por Gisselle Rodríguez López
Esta escena ocurre sobre la calle Venustiano Carranza, a la altura de la esquina con Zaragoza en Catemaco.
El suelo, aún sin pavimento, ancho y abierto, deja ver cómo el pueblo respiraba distinto: sin prisas, con espacio para que la vida pasara despacio.
Al fondo, a ambos lados, los pinos alineados dibujan una especie de corredor natural que acompaña el andar del grupo, como testigos de la celebración.
Un grupo elegante de personas avanza en fila. Vestidos claros, ramos en mano, y ese orden discreto que tenían las bodas de antes, donde cada paso parecía aprendido desde siempre.
Son madrinas de boda, cada una tomada del brazo de su pareja. Los varones, de traje oscuro, bien peinados; ellas, con vestidos amplios, algunos con ligeros vuelos, todos con ese cuidado especial que se reservaba para los días importantes. No hay exageración, pero sí elegancia. No hay prisa, pero sí dirección: van hacia la parroquia.
Al fondo, las casas de madera y lámina, sencillas pero firmes, hablan de un Catemaco todavía en transición. A un costado, un vehículo antiguo permanece inmóvil, como parte del paisaje nuevo que comenzaba a mezclarse con lo tradicional.
Y en primer plano, casi como un contraste, una niña de espaldas mira el andar del grupo. No participa, no camina con ellos, pero presencia. Tal vez intenta entender ese momento, o quizá lo atesora sin comprenderlo del todo.
Es una escena breve, cotidiana en su tiempo, pero hoy cargada de memoria. Una caminata hacia la iglesia que también es un retrato del orden, de las costumbres y del pulso tranquilo de un pueblo que se dejaba recorrer a pie. ©ACG • Catemaco Fotos — Foto: Gerardo López Ixtepan — Restauración y colorización digital
