Por Norma del Socorro Álvarez Ledesma/PATRIA & LIBERTAD
A Rocío Pérez el mundo se le partió en dos apenas con 14 años. La madrugada en que su hija nació, la tragedia no ocurrió en la sala de partos, sino en la carretera. Su novio —el padre de la niña— murió en un accidente mientras corría a buscar ayuda para llevarla al hospital.
- Rocío sobrevivió al parto, pero se quedó sola
Cuando por fin pudo abrazar a su pequeña, se dio cuenta de que el luto no iba a ser su único peso. Su familia, en lugar de ser refugio, fue sentencia.
—“No podemos mantener a una bebé.”
—“Dala en adopción, Rocío. Arruinaste tu vida.”
Ella miró a su hija, tan frágil y tan suya, y sintió una fuerza que no sabía que tenía.
- “Es mi hija. Yo no la abandono.”
Los vecinos, con esa crueldad que a veces tiene la gente, no dejaban de señalarla.
—“¿Cómo vas a estudiar con una bebé?”
—“Vas a terminar dejando la escuela, ya verás.”
Rocío no les discutió. Solo apretó los dientes y se hizo una promesa: “Voy a estudiar y voy a criar a mi hija al mismo tiempo”.
- Y lo hizo
Todos los días, Rocío caminaba a la preparatoria con la niña pegada a su pecho, envuelta en un rebozo. Entraba al salón cargando pañales en una mano y libros en la otra. Tomaba apuntes mientras mecía el cuerpo de su hija para que no llorara, sintiendo el calor de su respiración contra su piel como un motor que la obligaba a no rendirse.
Al principio, el silencio en el salón era incómodo. Pero la maestra Carmen vio algo en sus ojos que nadie más quiso ver: una determinación inquebrantable.
—“Rocío… esto es inusual”, le dijo un día después de clase. —“Pero veo tu esfuerzo. Te voy a ayudar”.
Los maestros empezaron a turnarse para cargar a la bebé durante los exámenes. Sus compañeros, que antes la miraban con juicio, terminaron por acostumbrarse a ver un biberón junto a los lápices.
- En las noches, cuando el cansancio la vencía, Rocío se arrodillaba frente a la imagen del Santo Niño de Atocha.
- “Santo Niñito, ayúdame a ser buena madre y buena estudiante. No dejes que me rinda”.
Hoy, Rocío está terminando la preparatoria. Su hija tiene 2 años, está sana y corre por el patio de la escuela. En la ceremonia, el director se detuvo frente a ella, conmovido.
- “Nunca habíamos visto algo igual. Eres un ejemplo”
Rocío solo sonrió, con el título en una mano y la mano de su hija en la otra.
“Dijeron que era imposible… pero mi hija fue la que me dio la fuerza para no soltar los libros”.
