Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA
Tenía veintidós años cuando su nombre empezó a escucharse en la sierra. Rosario Recéndez, originario de Peñitas, Valparaíso —la misma tierra de donde habían salido los primeros iniciadores del Movimiento Cristero en agosto de 1926— era hijo de Hilario Recéndez y de doña Josefa Casas. Muchacho del campo, de mirada baja, palabra escasa y carácter arisco, no parecía hecho para la quietud ni para la vida común.
El 26 de enero de 1927 se dio de alta en el Ejército Libertador, cuando las fuerzas callistas combatían en Huejuquilla el Alto. Se incorporó a la avanzada de Francisco Saucedo en la Puerta del Valle, viviendo entre el monte, sostenido por la caridad de los rancheros y armado apenas con una carabina vieja y cinco tiros. Aquella pobreza de medios contrastaba con su audacia desmedida.
Cuando arribó el mayor González con más de ciento cincuenta hombres, Rosario decidió acercarse solo hasta las primeras casas de la población. Se plantó a campo abierto, totalmente descubierto, abrió los brazos y gritó con burla:
—«¡Ora, changos! ¡Qué buenos son para tirar!».
Y comenzó a “bailar”, esquivando las balas como quien juega con la muerte. Los federales, fuera de sí, descargaron más de quinientos cartuchos sin lograr herirlo. Una bala pasó tan cerca de su rostro que después diría con sencillez: —«Me zumbó cerquitas…».
Antes de retirarse, descargó serenamente los cinco tiros que le quedaban y se perdió entre el monte, ileso. Desde entonces su fama creció.
Se incorporó después al grupo libertador de Valparaíso y pronto fue conocido como «Polvaredas». Muchos lo tenían por loco o por bandido: siempre andaba harapiento, con la montura rota, aunque todos procuraban vestirlo. Él mismo parecía no tener apego a nada. Recogía caballos y armas, pero no para sí, sino para los nuevos soldados; cambiaba lo bueno por lo peor y regalaba el dinero que recibía. Cuando le reclamaron la ropa que le habían dado, respondió mirando al suelo, como siempre:
—«Pos me hallé uno más probecito que yo… y se la di».
Nunca avisaba de sus incursiones, pero siempre regresaba al campamento, aunque fuera pasada la medianoche, gritando desde lejos: —«¡Viva Cristo Rey!». En combate iba siempre al frente, y cuando el enemigo huía, era el primero en perseguirlo. No era buen soldado según los reglamentos; era algo más incómodo: imprevisible, libre, indomable.
En el asalto final logró ponerse a salvo. Le sobraban cuatro tiros; pudo huir, pero volvió para gastarlos. Sin parque, quedó indefenso y fue hecho prisionero. Los mismos callistas dirían después: —«Si este muchacho hubiera tenido parque, nos acaba».
Llevado a Valparaíso, pidió que si había de morir, fuera allí, en su tierra. El miércoles 3 de mayo, a las ocho de la mañana, lo sacaron aún atado. Estaba sereno; su madre no se apartaba de él, soportando injurias como si el dolor ya se le hubiera vuelto oración.
Antes de fusilarlo intentaron quebrarlo. Un médico extranjero le tomó el pulso. No estaba herido de muerte; podía salvarse. Por eso le dijo: —«Estás joven. No seas tonto. El gobierno no quiere tu muerte».
Bastaba una palabra: renegar, callar, incorporarse a la milicia. Le ofrecieron futuro. Rosario no discutió. Respondió con voz clara y firme: —«¡Viva Cristo Rey!».
Insistieron una vez más. La respuesta fue la misma. Lo llevaron al muro del costado sur del Círculo. Él mismo se cubrió los ojos a medias con su pañuelo, dejando la mirada libre. Una joven le dijo: —«No tenga miedo, Rosario».
Él sonrió y negó suavemente con la cabeza. Antes de la descarga preguntaron:
—«¿Quién vive?».
Y Rosario respondió por última vez:
—«¡Viva Cristo Rey!».
Sonaron los disparos. Aún sonriente, murmuró palabras inaudibles y se deslizó hasta quedar sentado junto al muro, ya sin vida. Había rechazado la libertad de los hombres para no renunciar a la única que nunca había soltado.
Su madre obtuvo permiso para recoger el cadáver. El cuerpo de Rosario fue llevado a la casa de don Manuel Minjares, donde mujeres del pueblo lo velaron en silencio, cubriéndolo de flores. Mientras que en el lugar del suplicio la gente recogía la sangre del martir en algodones para tenerlos como reliquias. Mandaron hacer una caja sencilla; apenas alcanzaron a pintarla de blanco y a marcarla con las iniciales V. C. R.
Como las autoridades prohibían honores, las mismas muchachas del pueblo adornaron el ataúd con listones blancos y rojos hechos de papel. Ellas mismas lo cargaron hasta el panteón (pues los hombres tenian miedo a las represalias del gobierno), rezando el Rosario. Al pasar frente a la Presidencia, los soldados se enfurecieron y tomaron nota de quienes iban, pero nadie se dispersó.
En el camposanto cantaron el Himno Guadalupano y, antes de sepultarlo, lo despidieron con una sola voz que resonó en la sierra:
—¡Viva Cristo Rey!
