Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA
En el mes de noviembre de 1926 se organizó en San Juan de los Lagos una numerosa manifestación de protesta pacífica, ardiente y dolorosa, contra los perseguidores de la Iglesia mexicana. Hombres y mujeres desfilaron por las calles precedidos de carteles en los que se expresaba la protesta, y todos llevaban en el sombrero o en el pecho tiras impresas con el grito que resumía la fe y la resistencia de los católicos mexicanos: ¡Viva Cristo Rey!
- Entre aquella multitud se encontraba un humilde muchachito del pueblo, de apenas siete años de edad, llamado José Natividad Herrera y Delgado. Contagiado por el fervor que había visto y oído, el niño se agenció uno de aquellos letreros y, ufano y valiente, lo colocó en su sombrero de petate —llevándolo también prendido en el pecho—, como quien porta un tesoro.
Terminada la manifestación, que el pequeño había contemplado con todo el amor de su corazón católico, volvió a sus juegos con otros niños de la calle. Sentados, jugaban a las canicas, ajenos aún al peligro, mientras el padre de José Natividad los observaba a poca distancia.
- Horas después pasó por aquella misma calle una partida de hombres armados que, por temor, no se había atrevido a oponerse a la manifestación. Avergonzados y llenos de rencor, fijaron su atención en el grupo de niños y, en especial, en el sombrerito de petate que ostentaba el sagrado lema. Aquellos soldados, que habían temido enfrentarse a la multitud, encontraron en el niño indefenso la ocasión de desahogar su maldad.
Acercándose a él, uno de ellos le gritó con voz estentórea, pretendiendo mostrar un valor que no tenía:
—«¡Quítate ese letrero, chamaco!»
El niño, sin titubear, respondió con valentía:
—«¿Que me lo quite? ¡Jamás! ¡Viva Cristo Rey!»
El oficial, enfurecido, lo amenazó:
—«Si no te lo quitas, te vamos a fusilar.»
- Al oír esto, el padre del pequeño se acercó rápidamente y preguntó qué sucedía. Cuando comprendió la gravedad de la situación y vio que los hombres no bromeaban, lleno de angustia dijo a su hijo:
—«Hijo, quítatelo, porque lo manda la autoridad.»
Pero el niño, con una firmeza que sobrecogía, le respondió:
—«¿Cómo, papá? ¿Que me lo quite? ¿No te acuerdas que mamá, delante de ti, me dijo que no debía dejar que nadie me lo quitara? ¡No… no me lo quito!»
- Uno de los soldados, sin más palabras, se echó el arma al hombro y disparó. El pequeño cayó muerto a los pies de su padre, que, aturdido y lloroso, lo levantó del suelo para llevárselo a casa.
Del pecho del niño brotaba la sangre, y en su manita cerrada conservaba aún una canica, testigo mudo de su inocencia y de su fidelidad.
- Así murió aquel niño, confesando con su sangre lo que había proclamado con sus labios: ¡Viva Cristo Rey!
