Por Norma del Socorro Álvarez Ledesma

En Guatemala, una madre llevó a su hijo por primera vez a conocer el mar. 

Para muchos es algo común, pero para ella el océano era desconocido e impredecible. Las olas no le parecían un juego, le parecían un riesgo. 

Por eso hizo algo que llamó la atención: ató a su hijo de la cintura con una cuerda. No por descuido ni por crueldad, sino por miedo. Miedo a que una ola lo tumbara, a perderlo de vista, o a no saber cómo reaccionar. 

  • En las imágenes se ve al niño explorando la orilla mientras ella permanece atenta, firme, con la mirada puesta en el mar. La cuerda no es una atadura, es su forma de proteger.

A veces el amor no se ve perfecto ni comprensible para los demás, pero casi siempre nace del mismo lugar: el deseo profundo de cuidar.

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