Por Rodolfo Álvarez Riveroll 

No fue una oración breve.

No fue un novenario.

No fue una súplica pasajera.

  • Santa Mónica rezó por su hijo durante más de 15 años.

Años de lágrimas.

Años de incomprensión.

Años de ver cómo su hijo se alejaba de la fe, vivía desordenadamente y rechazaba a Dios.

  • Ese hijo era San Agustín de Hipona.

Mónica no discutía con él sin descanso.

No lo forzaba.

No lo abandonó.

Rezaba.

  • Rezaba cuando Agustín se burlaba de la fe.
  • Rezaba cuando seguía caminos equivocados.
  • Rezaba cuando parecía que nada cambiaba.

Incluso cuando habló con un obispo —San Ambrosio— buscando ayuda, recibió una frase que la Iglesia ha conservado por siglos:

“Es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas.”

  • Pero la conversión no fue inmediata.
  • Dios no actuó según la impaciencia humana,
  • sino según su sabiduría.

Pasaron los años.

Cambió el lugar.

Cambió el corazón.

  • Y finalmente, Agustín se rindió a la gracia de Dios.

Santa Mónica no vio la conversión completa de su hijo durante la mayor parte de su vida.

Pero no dejó de creer.

  • Su historia enseña algo que la Iglesia nunca ha dejado de proclamar:
  • la oración perseverante nunca se pierde,
  • aunque tarde,
  • aunque duela,
  • aunque parezca inútil.

Mónica rezó más de quince años.

Dios actuó en su tiempo.

  • Y el hijo por el que lloró
  • se convirtió en uno de los más grandes santos y pensadores del cristianismo.

Porque cuando una madre ora…

Dios escucha,

aunque la respuesta llegue

mucho después de las lágrimas.

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