La buena muerte no se limita al momento de morir. La fe católica invita a proteger la dignidad humana, acompañar a los enfermos y vivir el final de la vida con esperanza en la resurrección.

POR  Cynthia Fabila L.

Hablar de la muerte no es sencillo, especialmente cuando se trata de la posibilidad de perder a alguien que amamos. Pero, ¿qué significa la “buena muerte” para los católicos?

De acuerdo con la Iglesia, la buena muerte implica procurar que quien se encuentra al final de su vida, especialmente ante una enfermedad grave, reciba los cuidados necesarios para aliviar su sufrimiento, conserve su dignidad y tenga la oportunidad de recibir acompañamiento espiritual y los sacramentos.

El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2299), señala que “A los moribundos se han de prestar todas las atenciones necesarias para ayudarles a vivir sus últimos momentos en la dignidad y la paz. Deben ser ayudados por la oración de sus parientes, los cuales cuidarán que los enfermos reciban a tiempo los sacramentos que preparan para el encuentro con el Dios vivo”.

Por tanto, la preparación espiritual no comienza cuando se recibe un diagnóstico de enfermedad terminal, sino que forma parte de la vida cristiana.

¿Qué significa una buena muerte para los católicos?

El Pbro. Dr. Manuel Valeriano Antonio, sacerdote de la Diócesis de Xochimilco y coordinador de Teología Moral en la Universidad Pontificia de México, explica que el punto central de una buena muerte es proteger la dignidad de la persona humana.

“Significa acompañar a quien está por morir que muchas veces, no en todos los casos, pero en muchas ocasiones va acompañada de sufrimientos atroces, de sufrimientos prolongados y lo que tenemos que proteger, lo que tenemos que custodiar, precisamente en ese momento es la dignidad de la persona humana”, señala a Desde la fe.

El sacerdote explica que la atención al final de la vida debe buscar la humanización de la muerte, evitando que la persona sea tratada únicamente desde una perspectiva técnica o médica y sin considerar sus necesidades humanas y espirituales.

Esto implica reconocer que, aun cuando una enfermedad avance y las posibilidades de curación disminuyan, la persona conserva su dignidad y merece recibir atención, respeto y compañía.

“Además, nuestra fe católica comprende la muerte desde la esperanza en la resurrección. Para los cristianos, la muerte no representa la aniquilación definitiva, sino el paso hacia la vida eterna prometida por Cristo”, añade el padre Valeriano.

¿Cómo prepararse espiritualmente para la muerte?

La preparación espiritual no debe reservarse para los últimos días de vida, asegura el catedrático de la Universidad Pontificia. Explica que vivir preparados significa cultivar la fe durante toda la existencia, con la conciencia de que la muerte puede llegar de manera inesperada.

Al recordar las palabras de Jesús en el Evangelio de san Mateo, que invitan a permanecer vigilantes, el sacerdote explica que prepararse para la muerte es una tarea que comienza durante la vida, a través de la fe y la relación con Dios.

“La oración, la reconciliación con Dios y la participación en los sacramentos son elementos importantes de la vida cristiana, tanto para quien enfrenta una enfermedad grave como para quien goza de buena salud”.

El padre Valeriano reconoce que sentir angustia ante la muerte es parte de la experiencia humana. Sin embargo, cuando una persona se acerca al final de su vida, a la preocupación por lo que vendrá puede sumarse el temor por los errores cometidos y la incertidumbre sobre su relación con Dios. “En ese momento, la fe puede convertirse en un apoyo para afrontar la incertidumbre y encontrar consuelo en la misericordia divina”.

Por ello, el sacerdote subraya la importancia de que los enfermos reciban acompañamiento espiritual y descubran en los sacramentos una fuente de fortaleza.

“Uno tiene que ayudarle a la persona a creer en la eficacia de los sacramentos. La Reconciliación y la Unción de los Enfermos son auxilios espirituales que permiten al creyente afrontar esta etapa desde la confianza en Dios”, explica.

Asegura que en este proceso, la Reconciliación permite al creyente reconocer sus pecados y recibir el perdón de Dios. “La confianza en su misericordia puede ayudar a vivir esta etapa con mayor serenidad”.

Por tanto, detalla que la preparación espiritual no consiste en esperar pasivamente la muerte, sino en vivir la fe, buscar la reconciliación y mantener la esperanza en la promesa de Cristo.

¿Qué sacramentos puede recibir una persona al final de su vida?

La Iglesia católica ofrece distintos sacramentos para acompañar espiritualmente a quienes enfrentan una enfermedad grave o se acercan al final de su vida:

  • El sacramento de la Reconciliación. Permite recibir el perdón de los pecados y reconciliarse con Dios. Puede ser especialmente significativo para quien desea hacer una revisión de su vida y vivir sus últimos momentos con confianza en la misericordia divina.
  • La Unción de los Enfermos. Está destinada a los fieles que comienzan a encontrarse en peligro por una enfermedad grave o por la debilidad asociada a la vejez. No es un sacramento reservado exclusivamente a quienes están agonizando.

Sin embargo, la Unción de los Enfermos no está reservada para quienes están agonizando. El padre Valeriano advierte que esperar hasta el último momento puede impedir que el enfermo reciba el sacramento si no se logra localizar a un sacerdote.

“Eso es un error, porque si no encuentran al sacerdote, el enfermo puede quedarse sin recibir el sacramento. Por eso es importante comprender que no está reservado exclusivamente para quienes están agonizando”, explica y recomienda conocer el sentido de este sacramento y solicitarlo oportunamente cuando las circunstancias lo ameriten.

El Catecismo de la Iglesia Católica, en los numerales 1514 y 1515, explica que este sacramento puede recibirse ante una enfermedad grave y también cuando la salud se debilita por la edad avanzada. Si el enfermo se recupera y posteriormente vuelve a encontrarse en una situación grave, puede recibirlo de nuevo.

  • La Eucaristía como viático. Cuando las circunstancias lo permiten, una persona próxima a la muerte puede recibir la Comunión como viático, es decir, como alimento espiritual para el tránsito de esta vida a la vida eterna.

El Catecismo, en los numerales 1524 y 1525, destaca el significado de este sacramento para el creyente que se prepara para encontrarse con Dios.

Estos sacramentos no deben entenderse como una garantía de que la muerte será inmediata ni como un recurso exclusivo para los últimos instantes, el presbítero comenta que son parte del acompañamiento espiritual que la Iglesia ofrece a los fieles.

“Si una persona ya no puede recibirlos, la familia todavía puede recurrir a la oración y a la confianza en la misericordia de Dios“, añade.

¿Cómo acompañar a un ser querido que está por morir?

Cuando un familiar enfrenta una enfermedad avanzada, sus seres queridos también atraviesan un proceso doloroso. Ver sufrir a alguien amado puede generar angustia, impotencia y dificultad para aceptar que la despedida se acerca.

Ante esta situación, el padre Valeriano señala que el acompañamiento no requiere encontrar una solución para todo lo que está ocurriendo. “El único modo que uno puede acompañar es presencia. Es solidaridad, es compasión, es comunión”, explica.

A decir del padre Valeriano, estar presentes puede significar permanecer junto al enfermo, escucharlo, tomar su mano, respetar sus silencios y procurar que se sienta amado. Cuando ya no puede comunicarse, la presencia de sus familiares también puede ser una manera de expresarle cariño y cercanía.

“La familia puede acompañarlo mediante la oración, la participación en la Santa Misa y la recepción de la Comunión, cuando sea posible; y entre familiares se pueden apoyar mutuamente en este proceso. El sacerdote también propone que los familiares se apoyen mutuamente durante este proceso. Mientras una persona permanece junto al enfermo, otras pueden acudir a Misa y orar por él”.

El objetivo no es sustituir la atención médica ni exigir a la familia que encuentre palabras para aliviar todo sufrimiento, sino hacerle saber al enfermo que no está solo.

La despedida familiar también importa

“Aceptar que un ser querido se encuentra en sus últimos momentos puede ser uno de los procesos más difíciles para una familia. Sin embargo, cuando las condiciones médicas lo permiten, contar con la posibilidad de permanecer juntos y despedirse puede ayudar a vivir este momento con mayor cercanía”, asegura el sacerdote.

El padre Valeriano considera importante que, cuando existe una valoración médica seria y se determina que ya no hay tratamientos curativos que puedan ofrecer un beneficio proporcionado, se valore la posibilidad de que la persona permanezca en casa, siempre que sea viable y se garanticen los cuidados necesarios.

Asegura que esta posibilidad depende de la situación clínica, de las necesidades del paciente y de los recursos disponibles para atenderlo. No todas las personas pueden recibir cuidados en casa, y permanecer en un hospital no significa necesariamente que estén solas.

“Lo importante es que la atención no se limite a los procedimientos médicos, sino que también considere las necesidades afectivas, familiares y espirituales de la persona. En la medida de lo posible, la despedida puede ser una oportunidad para expresar cariño, agradecer, pedir perdón y decir aquellas palabras que la familia necesita compartir”.

¿Qué dice la Iglesia sobre la eutanasia y los cuidados paliativos?

Hablar de una buena muerte también implica distinguir entre procurar el fallecimiento de una persona y permitir que la muerte llegue de manera natural, sin imponer tratamientos desproporcionados, comenta.

“La Iglesia católica rechaza la eutanasia, entendida como una acción o una omisión que, por su naturaleza y en la intención, provoca la muerte con el fin de eliminar el sufrimiento. Al mismo tiempo, reconoce que no existe la obligación de recurrir a todos los tratamientos médicos posibles cuando resultan desproporcionados respecto de los beneficios esperados”, describe.

El Catecismo de la Iglesia Católica aborda estas cuestiones en los numerales 2276 al 2279. En particular, el 2278 explica que puede ser moralmente legítimo renunciar a procedimientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados con los resultados que se esperan. “Esta decisión no equivale a provocar la muerte, sino a aceptar que existen límites en los tratamientos y que no es obligatorio prolongar la vida mediante cualquier intervención”.

Por su parte, el numeral 2279 indica que los cuidados paliativos son una forma privilegiada de caridad y que deben ser alentados. El presbítero describe que estos cuidados buscan aliviar el sufrimiento y atender las necesidades de la persona, sin tener como finalidad adelantar la muerte.

“El uso de los tratamientos debe considerar las condiciones del enfermo, los riesgos, las dificultades y los beneficios que pueden esperarse. No se trata de buscar la vida a cualquier precio ni de considerar que una persona ha perdido su valor cuando ya no puede recuperarse. Se trata de respetar su dignidad y ofrecerle los cuidados que necesita”, resalta el padre.

Desde esta perspectiva, una buena muerte requiere evitar tanto el abandono como las intervenciones desproporcionadas, procurando que la persona reciba atención médica, alivio del dolor y acompañamiento humano y espiritual.

¿Cómo afrontar la muerte desde la esperanza cristiana?

Para la fe católica, la muerte no tiene la última palabra. Cabe resaltar que la esperanza cristiana se fundamenta en la resurrección de Jesucristo y en la promesa de la vida eterna.

En el Evangelio según san Juan, Jesús declara: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Juan 11, 25). A decir del sacerdote, esta promesa no significa que los creyentes deban negar la tristeza ni que la pérdida de un ser querido deje de doler. “La esperanza cristiana permite afrontar el sufrimiento sin considerarlo el final definitivo de la existencia”.

El padre Valeriano explica que la confianza en la vida eterna puede dar consuelo tanto a quien está por morir como a quienes lo acompañan.

“En esos momentos, la oración adquiere un significado especial. La familia puede pedir a Dios fortaleza, serenidad y consuelo, incluso cuando no es posible que el enfermo reciba la visita de un sacerdote. La oración es una herramienta fundamental para los cristianos porque expresa la confianza en un Dios que escucha y acompaña a su pueblo”.

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