Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA
Cancún, Quintana Roo.— Diócesis Cancún Chetumal, La Santa Iglesia
Catedral de la Santa Cruz y Santísima Trinidad en Cancún.
Domingo XXIX del tiempo ordinario ciclo, 100ª Jornada Mundial de las Misiones. Homilía de Monseñor Salvador González Morales.
La 1ª lectura fue del Libro del profeta Isaías 45, 1. 4-6: El Señor tomó de la mano a Ciro para someter ante él a las naciones.
Salmo Responsorial. Del Salmo 95: Cantemos la grandeza del Señor. Mientras que, en la 2ª Lectura, se trató de la Primera Carta del Apóstol San Pablo a loa Tesalonicenses 1, 1-5: Recordamos la fe, la esperanza y el amor de ustedes.
Aclamación antes del Evangelio. Cfr. Flp 2, 15. 16: Iluminen al mundo con la luz del Evangelio reflejada en su vida.
El Evangelio de este domingo 18 de octubre, fue según San Mateo 22, 15-21: Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
- Homilia
Queridos hermanos: con alegría nos reunimos en la casa del Señor a celebrar el Domingo XXIX del TO CA, y la 100ª. Jornada Mundial de las Misiones, cuyo lema ha sido: “Uno en Cristo, unidos en la misión», el cual nos recuerda que Jesús envía a todos los bautizados a anunciar el Evangelio.
La Primera Lectura es un texto del profeta Isaías (Is 45, 1. 4-6) que nos presenta una sorpresa: Ciro, rey de Persia, no pertenece al pueblo de Israel y no conoce al Dios de Israel. Sin embargo, el Señor se sirve de él para abrir el camino de regreso a los desterrados en Babilonia. Dios llama a Ciro por su nombre y lo convierte en instrumento de liberación. Esto no significa que Dios apruebe todo lo que hacen los poderosos; significa que su acción puede abrirse paso incluso por caminos que nosotros no esperábamos.
El Salmo 95 responde a esa sorpresa con una invitación a todos los pueblos: “Cantemos la grandeza del Señor”. Si Dios quiere que su salvación alcance a todos, su pueblo no puede guardar la buena noticia para sí solamente. La misión comienza cuando reconocemos lo que Dios hace y lo compartimos con otros. A veces el Señor nos acerca a alguien que piensa distinto, a una persona que atraviesa una dificultad o a una familia que necesita esperanza. ¿Podremos descubrir allí una oportunidad para servir y dar testimonio?
Esa misión se hace visible en una comunidad concreta: la de Tesalónica. El Apóstol San Pablo, en la Segunda Lectura (1Tes 1, 1-5), junto con Silvano y Timoteo, había anunciado allí a Jesús, y la comunidad nació en medio de dificultades. En esta Primera Carta a los Tesalonicenses, una de las primeras que conservamos del cristianismo, San Pablo les escribe para animarlos y dar gracias por su fe, su amor y su esperanza. No destaca primero grandes proyectos, sino una fe que se traduce en obras, un amor que trabaja y una esperanza que permanece. Así se enlazan las Lecturas de hoy: Dios abre caminos por medio del rey Ciro; el Salmo 95 nos invita a anunciarlo, y una comunidad, como la de Tesalónica, que vive el Evangelio se convierte en señal de la presencia de Dios.
En el Evangelio de hoy según San Mateo (Mt 22, 15-21), algunos intentan atrapar a Jesús con una pregunta sobre el impuesto al César. Jesús pide una moneda y pregunta de quién son la imagen e inscripción. “Del César”, responden. Entonces dice Jesús: “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. La moneda lleva la imagen del César; nosotros llevamos la imagen de Dios. Por eso, dar a Dios lo que es suyo significa entregar la vida: la conciencia, los talentos, las decisiones y el modo de tratar a los demás. Y dar al César lo que le corresponde es cumplir con responsabilidad nuestros deberes ciudadanos y contribuir al bien común. La fe no nos aparta de la sociedad: nos compromete a trabajar por una sociedad más justa y más humana, por lo que ningún poder, interés o ideología puede ocupar el lugar de Dios ni borrar la dignidad de sus hijos.
El pasaje del Evangelio que hoy nos presenta San Mateo expresa con claridad lo que significa aceptar y asumir el reinado de Dios con todas sus consecuencias. San Mateo, en un fuerte ambiente polémico, presenta la pregunta capciosa que los fariseos hacen a Jesús acerca del tributo al Emperador romano. El cuestionamiento se ubica en el contexto de tres controversias sobre temas diversos con sus adversarios: fariseos (Mt 22, 15-22), saduceos (Mt 22, 23-33) y todos ellos a la vez (22, 34-39). Intentan comprometer a Jesús ante las autoridades romanas, y para eso le tienden una trampa: “¿Es lícito o no pagar el tributo al César?”.
Esa pregunta resultaba sumamente comprometedora, pues colocaba a Jesús “entre la espada y la pared”. Una respuesta afirmativa se encontraría con la oposición del Pueblo. La gran mayoría de los judíos rechazaban el pago del impuesto a Roma por considerarlo oneroso, injusto y arbitrario. Pero, al mismo tiempo, una respuesta negativa podría ser motivo suficiente para acusarlo de sedición, de traición a Roma. Jesús no asume una actitud de abierta rebeldía ante el gobierno imperialista del César, ni reclama un gobierno teocrático para el pueblo de Israel, pero sí evidencia la autoridad limitada del emperador romano, frente a la total y absoluta soberanía de Dios. Es importante resaltar que la intención de Jesús, en ningún momento, es establecer una “separación” entre dos ámbitos de poder (temporal y espiritual), como frecuente, pero erróneamente, se interpreta. Jesús, al afirmar que hay que dar “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, no separa, sino que ubica el lugar correcto que tiene cualquier poder humano, temporal, limitado y finito. Coloca ese poder frente al ámbito de la soberanía absoluta, ilimitada e infinita de Dios. La enseñanza central de Jesús es que mientras los derechos del César tienen límites, los de Dios de ninguna manera los tienen. Por eso, sin problema alguno, se puede “restituir” (el verbo en la lengua original no es “dar” sino “devolver”) al César lo que le pertenece: el dinero que tiene grabada su propia efigie y su nombre, la moneda del impuesto.
Lo más importante para Jesús y sus discípulos son los derechos de Dios, no los del César. Su enseñanza se centra en la soberanía divina que está por encima de cualquier poder humano. Cristo ejerce su señorío sobre toda autoridad y régimen social o político (Flp 2, 9-11). El discípulo asume la absoluta soberanía de Dios decidida y firmemente. En esto consiste propiamente su reino o, mejor aún, su reinado. Esta opción hace posible dimensionar en su justo lugar cualquier poder humano, temporal y limitado, frente al ilimitado, absoluto y definitivo de Dios.
El reinado de Dios se ha hecho presente en la historia humana a través de su Hijo, Jesucristo, que vino a proclama e inaugurar, pero también a invitarnos a recibirlo, anunciarlo y testimoniarlo. Por eso Él, resucitado, envía a sus discípulos a la misión. Ese dinamismo misionero rebasa cualquier frontera y se abre a todas las naciones de la tierra. Por tanto, el anuncio del Evangelio sigue siendo tarea de todos los que creemos en el Señor, llamados a ser portadores gozosos del Evangelio. Así la Buena Nueva de la salvación se irá proclamando y extendiendo por todas partes, desde cada lugar donde haya un bautizado.
Cristo pone en nuestras manos la verdadera decisión de saber utilizar todos los medios para la construcción del Reino, pero no para manipular los sentimientos religiosos. Con una verdadera libertad del corazón, en nuestra vida personal, en la familia y en la sociedad, siempre debemos buscar la primacía de Dios porque sólo a Él pertenece el dominio absoluto, pero debemos evitar todo uso o manipulación de Dios.
El verdadero discípulo no puede permanecer indiferente ante la política como si la religión lo tranquilizara; todo lo contrario, se pondrá el “Evangelio” y la presencia de Dios en la vida social, económica y política. El Evangelio de este día nos recuerda que hay que escuchar siempre la Palabra de Dios, por encima de cualquier otro interés, y que no se puede arrinconar a Dios y reducirlo al mundo de lo privado. No podemos convertirnos en esclavos de las cosas, del poder, ni de la religión, sino en servidores del Dios vivo.
- ¿Cómo asumo mis responsabilidades civiles: busco el bien de la comunidad o mis propios intereses? ¿Actúo con indiferencia ante los problemas sociales y políticos, o participo responsablemente? ¿Qué lugar ocupa Dios en mi corazón y cómo lo manifiesto en mi relación con mis hermanos?
¿Qué significa ser misioneros en la vida diaria? En el hogar, puede ser escuchar con paciencia, pedir perdón y acompañar a quien se siente solo. En el trabajo, actuar con honradez y tratar con respeto a cada persona. En la comunidad y en la Iglesia, compartir nuestros dones y acercarnos a quien necesita ayuda. No hace falta ir lejos para comenzar: a veces la primera misión es tender la mano a quien tenemos cerca. También nuestra Iglesia necesita corazones disponibles. Ante la escasez de sacerdotes y las pocas vocaciones, la respuesta no puede ser solamente lamentarnos. Oremos por los jóvenes y ayudémosles a escuchar la llamada de Dios; acompañemos a quienes discernieren su camino y sostengamos a nuestros sacerdotes. La misión es de todo bautizado, aunque el ministerio sacerdotal sea un servicio indispensable para la vida de la Iglesia.
¿Encontrarán en nosotros una fe que escucha y acoge? El DOMUND, es decir, el Domingo Mundial de las Misiones, nos invita a orar por los misioneros, apoyar su servicio y recordar que también nosotros somos enviados. Que nuestra fe sea activa, nuestro amor servicial y nuestra esperanza firme, como la de los cristianos de Tesalónica. Así, en la familia, el trabajo, la parroquia y la sociedad, haremos visible la imagen de Dios que llevamos dentro. En este Domingo XXIX del Tiempo Ordinario en el que celebramos el Centésimo Aniversario de la Jornada Mundial de las Misiones, con el tema propuesto por el Papa León XIV: “Uno en Cristo, unidos en la misión”, se nos motiva a continuar con alegría el camino misionero, ya que se requiere corazones unificados en Cristo, comunidades reconciliadas y, en todos, disponibilidad para colaborar con generosidad y confianza en la evangelización. El Señor Jesús nos envía a anunciar el Evangelio con palabras y obras, llevando esperanza, consuelo y cercanía especialmente a quienes más sufren. Encomendamos de manera particular a los misioneros y misioneras que, en tantos lugares del mundo, entregan su vida al servicio de los demás.
Hoy, en este Tercer Domingo del Mes de Octubre, los Obispos de México pedimos a toda la Iglesia de México a unirnos en oración por la paz en nuestro país y en todo el mundo, lo hacemos con el compromiso de ser mensajeros de paz, de reconciliación y esperanza. Tengamos siempre presente que ser misionero o misionera no significa necesariamente abandonar la propia patria para ir a lugares lejanos. Podemos ejercer la misión en todo lugar y tiempo, allí donde hemos sido puestos por Dios. Alimentados por la Palabra y la Eucaristía, seamos anunciadores gozosos del Evangelio, con nuestra palabra y nuestro testimonio. Somos los discípulos misioneros de hoy, dejemos que Dios, Uno y Trino renueve en nosotros el fuego de la vocación misionera y avancemos unidos en el compromiso de la nueva evangelización. Que anunciemos la Buena Nueva de la paz, promoviendo el respeto, el diálogo, el perdón, la justicia y la solidaridad. Que Santa María de Guadalupe, Madre de todos los mexicanos nos ayude a reconocernos hermanos y unidos construyamos un México justo, reconciliado, solidario y fraterno. Que así sea.
