Mucho antes de convertirse en la gran santa, escritora y reformadora del Carmelo, Teresa de Jesús fue una niña apasionada y aventurera.
Mucho antes de convertirse en la gran santa, escritora y reformadora del Carmelo, Teresa de Jesús fue una niña apasionada y aventurera.
Nació en Ávila en 1515 y creció en una familia numerosa y profundamente cristiana. Tuvo ocho hermanos: Hernando y Rodrigo (mayores que ella), Lorenzo, Antonio, Pedro, Jerónimo, Agustín y Juana.
En su autobiografía “El Libro de la Vida”, Teresa cuenta que, cuando tenía unos seis o siete años, leía junto a su hermano Rodrigo las vidas de los santos y mártires. Aquellas historias comenzarían la aventura que marcó el resto de su vida.
«¡Nos vamos a tierra de moros!»
Al leer sobre los mártires que habían entregado su vida por Cristo, la pequeña Teresa quedó fascinada, pensaba que llegar al cielo después de morir por Dios era algo que se conseguía «muy barato». Así que junto a su hermano Rodrigo, planearon escaparse de casa. Su destino era nada menos que «tierra de moros», donde esperaban ser martirizados. Teresa recuerda que los dos hablaban de marcharse y pedir limosna por el camino. El problema principal era, según la propia Teresa: «el tener padres nos parecía el mayor embarazo».
La tradición cuenta que los dos hermanos llegaron a salir de su casa, pero fueron descubiertos por su tío Francisco Álvarez de Cepeda, quien los hizo regresar. El intento no llegó muy lejos, fueron encontrados antes de atravesar las murallas de Ávila.
Si no podemos ser mártires, seremos ermitaños
Sin embargo, Teresa y Rodrigo no eran de los que abandonan fácilmente un proyecto. Como ir a tierra de moros resultaba muy complicado, cambiaron de plan: serían ermitaños. En el huerto familiar construyeron pequeñas ermitas con piedras, aunque según Teresa, aquellas construcciones se les caían enseguida.
Mientras otros niños jugaban a ser caballeros, Teresa jugaba a ser ermitaña. Muchos años después, aquella niña con grandes sueños, se convertiría en una gran religiosa.
Una niña con anhelos inmensos
Teresa reconocería que su deseo de martirio no procedía de una comprensión madura del amor de Dios, sin embargo, aquellas lecturas dejaron en ella una huella que nunca desaparecería.
Teresa no consiguió convertirse en mártir a los seis años, pero sí aprendió muy pronto que la vida cristiana consiste en tomarse en serio la llamada de Dios. Después vendrían el convento, las enfermedades, las luchas interiores, las fundaciones, las reformas y una vida entera entregada a Cristo.
Aquella pequeña fugitiva que no consiguió llegar a «tierra de moros» terminaría recorriendo buena parte de España para fundar conventos y renovar el Carmelo.
