Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA

A raíz de las recientes expresiones de Monseñor Juan Espinosa Jiménez, obispo de Aguascalientes, y de las críticas que ha recibido por ejercer públicamente su derecho a expresar su opinión sobre la realidad que vive nuestra sociedad, vale la pena preguntarnos:

  • ¿Acaso por ser obispo deja de ser ciudadano?, la respuesta es no

Un obispo es, ante todo, un ministro de Cristo y pastor de una Iglesia particular, pero también es una persona y, en México, un ciudadano. La Constitución reconoce la libertad de expresión y establece que toda persona puede buscar, recibir y difundir ideas por cualquier medio, dentro de los límites que marca la propia ley. 

Ahora bien, también es cierto que los ministros de culto tienen obligaciones y límites específicos. El artículo 130 constitucional les prohíbe asociarse con fines políticos y hacer proselitismo a favor o en contra de candidatos, partidos o asociaciones políticas. Pero una cosa es hacer proselitismo partidista y otra muy distinta es expresar una preocupación ciudadana ante los problemas que afectan a la sociedad. El obispo jamás mencionó a un partido político o a una persona en particular, mucho menos se ha expresado a favor de alguna corriente ideológica específica. Sin embargo, muchas personas, incluyendo católicos, distorsionan la cita de “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21) para querer callar a un ciudadano cuyo deber es ser profeta: anunciando el Evangelio y denunciando lo que va en contra de él.

  • ¿Qué quiso decir Jesús con “DAR AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR”?

En primera, Jesús no dijo: “Cállense ante lo que sucede en la sociedad”, si no lo que quise decir es: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21).

  • Esta enseñanza reconoce la legítima autoridad civil y la responsabilidad de los ciudadanos en la construcción de la sociedad.

Pero no significa que la fe deba quedar encerrada dentro de los templos, ni que los cristianos debamos permanecer indiferentes o callados ante la violencia, la injusticia, la corrupción, la pobreza, la pérdida de vidas o cualquier situación que atente contra la dignidad humana.

  • El propio Papa Francisco explicó que interpretar esta frase como una separación absoluta entre la fe y la vida concreta sería una comprensión reductiva del Evangelio. La fe toca también la realidad social y la búsqueda del bien común.
  • Por eso, cuando un obispo habla de inseguridad, violencia, justicia, paz, dignidad humana o bien común, no está “metiéndose en política partidista”, sino que está ejerciendo su responsabilidad como pastor y, al mismo tiempo, expresándose como ciudadano.

Sí bien, la Iglesia no está llamada a convertirse en partido político (y hasta la fecha no lo ha hecho), tampoco puede aceptar que, bajo el pretexto de la separación entre Estado e Iglesia, se pretenda expulsar la voz de los cristianos de los asuntos que afecta la vida de todos.

https://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/justpeace/documents/rc_pc_justpeace_doc_20060526_compendio-dott-soc_sp.html

La doctrina social de la Iglesia enseña precisamente que la dignidad humana, la justicia, la paz, la solidaridad y el bien común forman parte de la responsabilidad cristiana.

  • La fe NO termina cuando salimos del templo. Un católico sigue siendo católico en su familia, en su trabajo, en la escuela, en su comunidad y también en su condición de ciudadano.

Y un obispo, sin hacer proselitismo partidista, no deja de ser una persona con derecho a expresar una preocupación legítima por la realidad de su pueblo.

Cómo católicos debemos ser capaces de recuperar la capacidad de escuchar, dialogar y discernir a la luz del Evangelio.

Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con lo que diga un obispo, cuestionar sus argumentos, debatir sus afirmaciones…

Lo que no deberíamos hacer es pretender que, por ser obispo, pierde automáticamente su derecho a expresarse.

  • La libertad de expresión no existe solamente para quienes piensan como nosotros, sino que también protege la voz de quien piensa diferente.

Y si verdaderamente queremos una sociedad democrática, debemos defender ese derecho incluso cuando la opinión expresada nos incomoda.

Porque la libertad de expresión no se defiende únicamente cuando habla quien nos agrada; se defiende precisamente cuando habla quien piensa distinto.

  • Respecto a “Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS”. Nuestra primera pertenencia no es a un partido, a una ideología ni a un gobierno. Pertenecemos a DIOS.

Por eso, como católicos, debemos pedir que nuestros pastores tengan la libertad para anunciar el Evangelio, defender la dignidad humana y llamar a la conversión; y que nosotros, como laicos, asumamos también nuestra responsabilidad en la vida social.

Necesitamos pastores que no tengan miedo de hablar cuando la vida, la dignidad, la justicia y la paz están en juego.

Y necesitamos también ser laicos comprometidos que, desde nuestros propios espacios y responsabilidades, trabajemos por el bien común.

  • Entonces, “dar al César lo que es del César” no significa entregar al César nuestra conciencia. Y “dar a Dios lo que es de Dios” significa reconocer que ninguna autoridad humana está por encima de la verdad, de la dignidad de la persona y de la ley moral que nos enseña el Evangelio.

Oremos por nuestros pastores.

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