Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA 

Santa Misa, domingo XXV del tiempo ordinario, ciclo A. Homilía. Ver la homilía aquí:

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Queridos hermanos:

Qué alegría encontrarnos nuevamente como familia alrededor de la Palabra y de la mesa del Señor. Abramos el corazón: Dios vuelve hoy a buscarnos, a llamarnos y a ofrecernos un lugar en su viña. Nadie ha llegado tarde para comenzar de nuevo.

Las Lecturas del Domingo XXV del TO CA invitan a revisar la imagen que tenemos de Dios:

  • ¿Lo vemos como un juez que lleva la contabilidad de nuestros méritos y pecados?
  • ¿O lo reconocemos como el Padre que sale continuamente a buscarnos porque desea que nuestra vida tenga sentido?

En la Primera Lectura el texto del Libro del profeta Isaías (Is 55, 6-9) nos comunica una palabra que puede desconcertarnos: “Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos” (Is 55. Esto no significa que los caminos de Dios sean inaccesibles. Significa que necesitamos dejarnos educar por Él. Sus caminos son más altos porque están llenos de misericordia, mientras nuestros caminos pueden estar mezclados con intereses personales, resentimientos, deseos de venganza e intenciones negativas.

Por eso, la conversión comienza corrigiendo nuestra imagen de Dios. No podemos atribuirle nuestras durezas ni pensar que Él actúa según nuestras preferencias. Dios no se complace en castigar; sale al encuentro del ser humano y le ofrece una nueva oportunidad: “Busquen al Señor mientras lo pueden encontrar, invóquenlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal, sus planes” (Is 55, 6-7).

  • El Salmo 144 confirma esta revelación: “Siempre es justo el Señor en sus designios y están llenas de amor todas sus obras. No está lejos de aquellos que lo buscan; muy cerca está el Señor, de quien lo invoca” (Sal 144 [145, 17-18]). El Señor es clemente, misericordioso y cariñoso con todas sus criaturas. Su justicia no es fría ni indiferente; es una justicia atravesada por la compasión. Dios ve lo que nosotros no vemos, conoce las heridas escondidas y contempla las posibilidades que todavía permanecen en cada persona.

En la Segunda Lectura, el Apóstol San Pablo en su Carta a los Filipenses (Flp 1, 20c-24. 27ª) manifiesta que comprendió profundamente el modo de actuar de Dios. Desde la cárcel escribe: “Ya sea por mi vida, ya sea por mi muerte, Cristo será glorificado en mí. Porque para mí, la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia” (Flp 1, 20-21). San Pablo se encuentra ante una encrucijada: desea partir para encontrarse definitivamente con el Señor, pero comprende que permanecer puede ser necesario para que el Evangelio continúe dando frutos. Ya no decide según su propia comodidad, sino según lo que pueda servir mejor a sus hermanos. Por eso exhorta a los cristianos de Filipos y a nosotros los cristianos de hoy: “Por lo que a ustedes toca, lleven una vida digna del Evangelio de Cristo” (Flp 1, 27ª).

El Evangelio de hoy según San Mateo (Mt 20, 1-16ª) nos presenta al propietario de una viña que sale repetidamente a contratar trabajadores: al amanecer, a media mañana, al mediodía, por la tarde y casi al terminar la jornada. Al final, entrega a todos como pago un denario. Los primeros protestan porque creen que merecen más.

Sin embargo, hay algo que pocas veces se destaca: aquel dueño no salió solamente a buscar trabajadores; salió a rescatar personas de la sensación de no ser necesarias. Cuando pregunta a los últimos: “¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?” (Mt 20, 6), ellos responden: “Porque nadie nos ha contratado” (Mt 20, 7). Quizás no eran los más fuertes, los más jóvenes o los más capacitados. Habían visto cómo otros eran escogidos mientras ellos permanecían esperando. Aquella plaza no era solamente un lugar de desempleo; podía convertirse en el lugar de la vergüenza, del rechazo y de la pérdida de la propia dignidad.

  • El dueño no los humilla ni les pregunta por qué nadie los quiso. No les pide una hoja de vida o currículum vítae, ni sus credenciales. Los mira, confía en ellos y les dice: “Vayan también ustedes a mi viña” (Mt 20, 7). Antes de darles un denario, les devuelve algo fundamental: la certeza de que todavía son valiosos, capaces y necesarios.

Esta es la sorprendente bondad de Dios. Él no mide nuestra vida únicamente por cuánto hemos producido. Nos llama porque somos sus hijos. Algunos llegan a la viña desde la infancia; otros, después de una crisis, una pérdida, una enfermedad o muchos años de alejamiento. Nadie llega demasiado tarde para comenzar a amar, servir, perdonar y reconstruir.

Quienes llegaron temprano no deberían sentirse perjudicados. Han tenido el privilegio de pasar toda la jornada junto al Señor. El tiempo vivido con Dios no es una carga; es una gracia infinitamente impagable. Entonces:

  • ¿Por qué sentir envidia de quien encontró al Señor al atardecer?
  • ¿Acaso no deberíamos alegrarnos porque un hermano ha recuperado la esperanza?

La invitación del Obispo a la Iglesia que peregrina en la Diócesis es a preguntarse frente a lo que la Palabra de Dios nos comunicó este domingo:

  • ¿me alegro cuando otra persona recibe una oportunidad?
  • ¿Considero menos valioso al que llegó después?
  • ¿Estoy trabajando con alegría en la viña del Señor o llevo una contabilidad de todo lo que hago o me paso la vida comparándome con los demás?

La propuesta que durante esta semana que inicia cada quien busque a alguien que se sienta excluido, inútil o demasiado tarde para recomenzar su vida. Ofrezcámosle una palabra de aliento, una responsabilidad o una oportunidad concreta. Y dejémonos también encontrar por Dios. Tal vez llevamos años en la plaza de nuestras excusas. Hoy el Señor Jesús vuelve a pasar junto a nosotros y nos dice: “Vengan también ustedes a mi viña”. Nadie queda descartado o excluido de la viña del Señor, nadie es inútil y nadie llega tarde al corazón misericordioso del Padre.

Les invito a ponerse en pie y digamos esta oración:

Padre bueno y misericordioso, tus caminos son más altos que los nuestros y tu generosidad supera todos nuestros cálculos. Escucha las súplicas que te presentamos y enséñanos a vivir dignamente el Evangelio de Cristo, a servir con alegría en tu viña y a reconocer como hermanos a todos aquellos que Tú llamas y acoges. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

#DiócesisCancúnChetumal

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