Aprende cómo enseñar a tus hijos a reconocer, expresar y manejar sus emociones con seis consejos prácticos para acompañarlos desde casa.
Los niños no nacen sabiendo qué hacer con lo que sienten. Aprender a reconocer, expresar y manejar las emociones es un proceso que comienza en casa, y los padres tienen un papel fundamental en ese aprendizaje.
Un niño puede sentir enojo porque tuvo que dejar de jugar, tristeza porque perdió algo que quería, miedo ante una situación desconocida o frustración porque las cosas no salieron como esperaba. Todas esas emociones forman parte de la experiencia humana.
El objetivo no es evitar que los hijos sientan emociones difíciles ni pedirles que estén tranquilos todo el tiempo. Se trata de acompañarlos para que aprendan a identificar lo que sienten y a expresarlo de una manera adecuada.
Para lograrlo, los padres también necesitan revisar la manera en que reaccionan ante sus propias emociones. Los hijos aprenden no solo de lo que se les dice, sino también de lo que observan en casa.
1. Ayuda a tus hijos a reconocer lo que sienten
El primer paso para aprender a manejar una emoción es poder identificarla y ponerle nombre.
En lugar de limitarse a decirle a un niño que se calme, los padres pueden ayudarlo a reconocer qué está pasando.
Por ejemplo, si un niño está molesto porque su hermana recibió un regalo y él no, se puede decir
“Entiendo que estés enojado porque ella recibió un regalo y tú no. Puedes sentirte molesto, pero no puedes golpearla ni insultarla”.
Nombrar la emoción ayuda al niño a comenzar a distinguir entre lo que siente y lo que hace con aquello que siente.
2. Valida sus emociones, pero no todas las conductas
Validar una emoción no significa permitir cualquier comportamiento.
Un niño puede estar enojado, triste, asustado o frustrado. Esas emociones no son malas y no necesitan ser castigadas. Lo que sí necesita límites es la manera en que las expresa.
Por ejemplo, si un hijo está molesto porque no puede utilizar el celular, se puede reconocer su enojo sin cambiar necesariamente la decisión
“Sé que estás enojado porque quieres seguir jugando, pero el tiempo de pantalla terminó”.
Así aprende que su emoción es escuchada, pero existen límites para su conducta.
3. Evita frases que minimicen lo que siente
Expresiones como “no es para tanto”, “deja de llorar” o “los niños grandes no lloran” pueden transmitirle que algunas emociones son incorrectas o que debe esconderlas.
En lugar de minimizar lo que siente, conviene acercarse y escuchar.
Si un adolescente está triste por una ruptura de amistad, por ejemplo, quizá el adulto no considere que se trate de un problema grave, pero para él puede ser una experiencia dolorosa.
Una respuesta empática puede ser
“Entiendo que te duela. Si quieres hablar, aquí estoy para escucharte”.
Acompañar no significa resolver inmediatamente el problema. Muchas veces los hijos necesitan primero sentirse escuchados y comprendidos.
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4. Enséñales que sentir enojo no significa lastimar
El enojo cumple una función. Puede aparecer cuando una persona percibe una injusticia, un límite, una frustración o una situación que considera amenazante.
Por eso, no se trata de enseñar a los hijos a no enojarse, sino de ayudarlos a reconocer el enojo y aprender a expresarlo sin lastimar a otras personas.
Los padres pueden enseñarles a hacer una pausa, respirar, alejarse unos minutos de una situación que los está desbordando y después hablar de lo ocurrido.
También es importante explicar que pegar, insultar, romper objetos o amenazar no son formas adecuadas de expresar el enojo.
5. Enseña con el ejemplo
Los hijos observan cómo reaccionan los adultos ante los problemas cotidianos.
Si un padre grita cada vez que algo sale mal, culpa a los demás o descarga su frustración sobre los integrantes de la familia, los niños pueden aprender que esa es una forma normal de responder ante el enojo.
Por eso, la educación emocional comienza también con el autocontrol de los padres.
En una situación de tensión, un adulto puede reconocer lo que está sintiendo y expresarlo de manera responsable
“Estoy muy enojado y necesito unos minutos para tranquilizarme antes de hablar”.
De esta manera, el hijo aprende que sentir una emoción intensa no obliga a reaccionar impulsivamente.
6. Ayúdalos a encontrar formas de regular lo que sienten
Conocer una emoción no siempre basta. Los niños también necesitan aprender estrategias para regularla.
Dependiendo de su edad, pueden aprender a respirar profundamente, hacer una pausa, hablar sobre lo ocurrido, dibujar, escribir, moverse o buscar un espacio tranquilo antes de responder.
Estas herramientas deben enseñarse cuando el niño está tranquilo. Durante un berrinche o una crisis emocional puede ser difícil que un menor recuerde una estrategia que nunca ha practicado.
Por eso, conviene enseñar estas habilidades poco a poco y practicarlas en momentos cotidianos.
Los padres también necesitan aprender a manejar sus emociones
Uno de los aprendizajes más importantes ocurre cuando los adultos reconocen que no pueden enseñar aquello que no están dispuestos a trabajar en sí mismos.
Esto no significa que los padres tengan que ser perfectos. Significa que también pueden reconocer sus errores, disculparse cuando reaccionaron mal y mostrar a sus hijos que es posible reparar una relación después de un conflicto.
Un padre que puede decir “grité y no estuvo bien, estaba enojado, pero debí hablarte de otra manera” está ofreciendo a su hijo una enseñanza que difícilmente podría transmitir solamente con palabras.
Educar las emociones requiere tiempo y paciencia
Aprender a manejar las emociones no ocurre de un día para otro. Los niños necesitan repetir estas experiencias muchas veces antes de desarrollar mayor capacidad para reconocer lo que sienten y regular sus reacciones.
Por eso, acompañar emocionalmente a los hijos requiere paciencia, límites claros y escucha.
No se trata de impedirles sentir tristeza, enojo, miedo o frustración. Se trata de enseñarles que todas esas emociones pueden ser reconocidas y expresadas sin lastimarse ni lastimar a los demás.
Cuando los padres acompañan este proceso desde el ejemplo, ayudan a sus hijos a desarrollar herramientas que podrán utilizar también en sus relaciones familiares, escolares y sociales.
