Profundicemos un poco en su significado recorriendo la historia de la Iglesia, la Sagrada Escritura y la tradición.
La Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo es uno de los misterios más hermosos de la fe cristiana. La Sangre de Cristo ocupa un lugar central en la historia de la salvación, pues representa el precio infinito de nuestra redención, el sello de la nueva alianza y la manifestación suprema del amor de Dios por cada uno de nosotros.
Aunque muchos católicos conocen esta devoción, pocos saben cuál es su origen o por qué el mes de julio está especialmente dedicado a ella. En este artículo queremos profundizar un poco en su significado recorriendo la historia de la Iglesia, la Sagrada Escritura y la tradición.
La sangre en la historia del pueblo de Dios
Desde los primeros libros de la Biblia, la sangre aparece como signo de la vida. En el libro del Levítico leemos: «Porque la vida de la carne está en la sangre» (Levítico 17,11). Para el pueblo de Israel la sangre no era un simple elemento biológico: representaba la vida misma, y por ello pertenecía únicamente a Dios.
Durante siglos, el Antiguo Testamento estuvo marcado por sacrificios de animales cuya sangre era ofrecida para la expiación de los pecados. Sin embargo, aquellos sacrificios eran temporales y anunciaban un sacrificio perfecto que todavía debía llegar. Ese sacrificio sería Jesucristo.
La sangre del Cordero definitivo
Toda la misión de Jesús encuentra su culminación en la Cruz. En la Última Cena, tomando el cáliz, pronunció unas palabras que cambiarían la historia: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mateo 26,28). Aquí Cristo identifica su sangre con la nueva alianza anunciada por los profetas.
Mientras que la sangre de los antiguos sacrificios solo simbolizaba la reconciliación con Dios, la Sangre de Cristo la realiza verdaderamente. Esto lo entendemos mejor con las palabras de San Pablo: «Hemos sido justificados por su sangre» (Romanos 5,9) y con lo que afirma San Pedro: «Fuisteis rescatados… no con oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin defecto» (1 Pedro 1,18-19).
Por ello, la Iglesia siempre ha contemplado la Sangre de Jesús como el precio de nuestra redención.
El costado abierto de Cristo
Uno de los momentos más conmovedores del Evangelio ocurre después de la muerte de Jesús. San Juan narra: «Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua» (Juan 19,34). Los Padres de la Iglesia vieron en este acontecimiento mucho más que un dato histórico: la sangre simboliza la Eucaristía y el agua el Bautismo.
Del costado abierto de Cristo nace la Iglesia, así como Eva nació del costado de Adán. Por eso la Sangre de Cristo está íntimamente unida a todos los sacramentos.
Una devoción muy antigua
Aunque muchos creen que esta devoción nació en tiempos recientes, en realidad posee raíces muy profundas. Los primeros cristianos ya meditaban sobre la Sangre derramada por Cristo.
Posteriormente, santos como: San Agustín, San Bernardo de Claraval, Santa Catalina de Siena, Santa Gertrudis, Santa Matilde, San Buenaventura, escribieron páginas enteras sobre el valor infinito de la Sangre redentora.
Durante la Edad Media esta espiritualidad floreció intensamente. Muchos monasterios desarrollaron oraciones en honor de las Cinco Llagas y de la Sangre de Cristo.
San Gaspar del Búfalo: el gran apóstol de la Preciosísima Sangre
En el siglo XIX aparece San Gaspar del Búfalo (1786–1837), sacerdote italiano que experimentó una profunda llamada a predicar el poder redentor de la Sangre de Cristo.
Tras la caída del dominio napoleónico fundó la Congregación de los Misioneros de la Preciosísima Sangre. Su predicación insistía en que: nadie está demasiado lejos para ser salvado, la misericordia de Dios alcanza incluso al pecador más endurecido y la Sangre de Cristo tiene un valor infinito. Gracias a su labor, esta devoción se difundió rápidamente por Europa.
El papa Pío IX y el origen del mes de julio
La relación entre julio y la Preciosísima Sangre nace de un momento dramático de la historia.
En 1849, durante las revoluciones que sacudieron Europa, el papa Pío IX tuvo que abandonar Roma y refugiarse en Gaeta. Mientras permanecía en el exilio pidió intensas oraciones invocando la protección de la Sangre de Cristo. Una vez recuperó Roma y pudo regresar, quiso agradecer públicamente aquella protección, por ello estableció una fiesta litúrgica en honor de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, fijándola inicialmente para el primer domingo de julio. Pocos años después la celebración quedó establecida el 1 de julio para toda la Iglesia latina. Así comenzó la asociación entre todo el mes y esta devoción.
Pío XII y la consolidación de la tradición
Fue el papa Pío XII quien consolidó definitivamente esta tradición. En 1960 publicó la carta apostólica Inde a Primis, dedicada a promover esta devoción. Desde entonces julio quedó establecido como el mes dedicado a la Preciosísima Sangre.
Cada gota derramada por Jesús en la pasión, proclama que el amor de Dios no se queda solo en las palabras, sino que se entrega por completo para reconciliar al mundo consigo. Contemplar la Preciosísima Sangre durante el mes de julio es, por tanto, renovar la conciencia del inmenso valor de nuestra salvación y responder con gratitud, conversión y esperanza al don que Cristo nos ofreció en la Cruz.
