Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA

Caminar hacia el altar se convierte a veces en un acto reflejo, un paso más dentro de la liturgia dominical al que nos acostumbramos. Olvidamos que lo que está ocurriendo en ese instante es un acontecimiento tan grande que los mismos ángeles tiemblan de asombro ante el altar.

La Sagrada Eucaristía no es un símbolo ni un trozo de pan bendito; es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo Dios vivo. Por eso, la Iglesia nos invita a cuidar al máximo los momentos previos y posteriores a este milagro de amor.

Antes de dar el paso al frente, la preparación del corazón es fundamental. En primer lugar, examina tu conciencia para asegurarte de estar en gracia de Dios; si hay pecado grave, la confesión sacramental debe ir primero. 

En segundo lugar, guarda el ayuno eucarístico de una hora, un pequeño sacrificio corporal que predispone el alma. Y en tercer lugar, al estar frente a la Hostia Santa, realiza un gesto de profunda reverencia antes de decir Amén con total fe y convicción.

El encuentro no termina al recibir la Comunión; es allí donde empieza lo más íntimo. Al regresar a tu banca, lo primero es guardar un silencio sagrado, cerrando los ojos para adorar al Huésped divino que ahora habita en ti.

Lo segundo es encender una oración de acción de gracias, conversando con Jesús con la confianza de un hijo y agradeciendo que haya bajado a tu pequeñez. Finalmente, ofrece tus intenciones, dolores y alegrías, sabiendo que tu corazón es en ese instante un sagrario vivo.

Vivir la Comunión con esta conciencia transforma cada Misa en un encuentro real que renueva nuestras fuerzas y nos santifica desde dentro.

La próxima vez que te acerques al altar, detén el tiempo en tu mente, contempla la grandeza de tu Dios y recíbelo con el amor, la pureza y la reverencia que solo el Rey del Cielo merece.

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