Por Jaqueline Rivera García/COBAEV 

El sol caía lento sobre la fachada rosada, como si también él se resistiera a marcharse. La iglesia, firme y silenciosa, parecía guardar secretos de generaciones: bodas alegres, despedidas en susurros, promesas hechas entre miradas tímidas.

Los autos, alineados con paciencia, brillaban con ese orgullo antiguo de quien ha visto pasar la vida sin prisa. Sus colores deslavados contaban historias de caminos polvorientos, de domingos en familia, de risas que aún flotaban en el aire cálido.

Una brisa suave movía las palmas, y por un instante, todo parecía detenido… como si el tiempo hubiera decidido quedarse ahí, entre las escaleras de piedra y el eco de pasos ya lejanos.

San Andrés no era solo un lugar. Era memoria viva. Era ese rincón donde el pasado sigue respirando, esperando a que alguien lo recuerde. ¡Que Dios nuestro Señor y Santa María de Guadalupe, cubra con su manto protector e interceda por ese gran profesionista que me cautivara robándome el corazón, quien solitario recorriera su tierra con mirada profunda y analítica tal cual periodista!

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