Miguel tiene 11 años, tiene síndrome de Down y un amor inmenso por Jesús.
Cuando los médicos recomendaron el ab*rto, sus padres decidieron seguir adelante. Once años después, Miguel Lopes, un niño con síndrome de Down, sirve como monaguillo en su parroquia en Brasil y está transformando corazones con su presencia en el altar.
Miguel tiene 11 años, tiene síndrome de Down y un amor enorme por Jesús. Pero también tiene algo poco común: el coraje de servir y de inspirar a toda una Iglesia con su “sí”.
Cuando su madre, Tássia, estaba embarazada, recibió diagnósticos médicos complejos. Le recomendaron el ab*rto. Pero ella y su esposo eligieron seguir adelante con fe:
“Si es voluntad de Dios, que así sea”, dijeron.
Esa decisión lo cambió todo. Desde su nacimiento, Miguel enfrentó complicaciones de salud, pero fue creciendo lleno de vida. A temprana edad expresó su deseo de ser monaguillo. La parroquia lo acogió y buscó la manera de integrarlo.
Así comenzó su servicio en la iglesia.
La parroquia Santa Rosa de Lima, en Piracicaba (Brasil), realizó algunas adaptaciones, formó a sus catequistas y le ofreció una catequesis acorde a sus necesidades. Su madre se involucró activamente en el proceso. La coordinadora de catequesis, Jaci, asumió también el compromiso de acompañarlo.
Hoy Miguel participa en las celebraciones: se arrodilla, reza y ayuda durante la comunión. Su presencia se ha vuelto habitual en las Misas de la comunidad.
“Miguel tiene una amiga que no iba a la iglesia. Después de verlo, le pidió a su mamá empezar a asistir. Hoy ella ayuda con la canastita, y su mamá se convirtió en catequista”, cuenta Tássia.
La fe vivida con sencillez tiene un impacto real en quienes la rodean.
Con el tiempo, la presencia de Miguel ha animado a otras familias a acercarse nuevamente a la parroquia. Algunas preguntan cuándo estará sirviendo en la Misa y aprovechan para participar.
Para las madres que desean que sus hijos se involucren más en la vida de la Iglesia, Tássia comparte una recomendación concreta:
“Empieza en casa. Y cuando vayas a la iglesia, estate dispuesta a ayudar. La empatía viene de ambos lados: necesitamos acoger, pero también ayudar a preparar ese camino”.
Como parte de ese compromiso, elaboró una ficha titulada “Quién soy”, que entrega a las catequistas con información sobre la forma en que su hijo aprende, facilitando así su integración en la catequesis.
Más que una historia individual, el caso de Miguel refleja cómo una comunidad puede fortalecerse cuando apuesta por la inclusión y el acompañamiento cercano.
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