El ayuno no es una dieta espiritual.

No es castigo.

No es manipulación para que Dios haga lo que queremos.

En la Biblia, el ayuno siempre estuvo ligado a algo más profundo:

humillación del corazón.

Cuando el pueblo se arrepentía, ayunaba.

Cuando necesitaban dirección, ayunaban.

Cuando enfrentaban crisis, ayunaban.

Pero el ayuno verdadero no es solo externo.

En el libro de Isaías, Dios confronta a quienes ayunaban, pero seguían con injusticia en el corazón.

Allí deja claro que el ayuno que Él escogió no es solo abstenerse de pan…

Es romper cadenas.

Es soltar cargas.

Es vivir en obediencia.

El ayuno no cambia a Dios.

Nos cambia a nosotros.

En el desierto, Jesús ayunó cuarenta días antes de comenzar su ministerio público.

No fue debilidad.

Fue preparación.

Porque cuando el cuerpo se debilita, el espíritu aprende a depender.

Ayunar es decirle a tu carne:

“No tú. Dios primero.”

No se trata de impresionar a otros.

Jesús mismo enseñó que cuando ayunes, no pongas cara triste para que todos lo noten.

El ayuno secreto produce resultados visibles.

No es hambre física solamente.

Es hambre de Dios.

Hoy la pregunta no es cuántas horas puedes resistir sin comer.

La pregunta es: ¿qué tan dispuesto estás a rendir tu voluntad?

Padre Lorenzo  Ermilo Chan Dzul

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Contenido Protegido