Por Jaqueline Rivera García
El obispo Marian Eleganti lanza una advertencia clara y sin rodeos: ciertas tendencias actuales dentro de la Iglesia están debilitando su corazón mismo. No se trata de detalles secundarios, sino de cuestiones que afectan directamente a la fe, la evangelización y la salvación.
El problema de fondo: se está relativizando la mediación única de Jesucristo. Cuando Jesús deja de ser presentado como el único Salvador y la Iglesia como el medio querido por Dios para comunicar esa salvación, todo se resiente: la misión, la fe en la Eucaristía, la necesidad del bautismo y el celo evangelizador.
Sí, Dios quiere que todos se salven. Sí, su misericordia alcanza incluso a quienes no han conocido a Cristo por causas que no les son imputables. Nadie habla de una “masa condenada”. Pero esto no elimina ni debilita una verdad central:
“No hay otro nombre dado a los hombres para salvarse fuera del nombre de Jesús.”
Cristo es el mediador absoluto, y la Iglesia es su instrumento histórico, su cuerpo visible en el tiempo. El deseo universal de salvación de Dios no reemplaza la misión de la Iglesia, la confirma. Por eso, la Iglesia no existe para aprender de otras religiones como si Cristo fuera solo una opción más, sino para anunciar lo que ha recibido: “Vayan, hagan discípulos y bauticen”.
La Eucaristía en el centro
Nada puede sustituir la Santa Misa. Ninguna “liturgia alternativa” puede reemplazar la presencia real de Cristo en la Eucaristía, que es fuente y culmen de la vida de la Iglesia. Donde se pierde este centro, la fe se vacía.
Clericalización de los laicos y desacralización del sacerdocio
Eleganti es contundente: esto es gravemente dañino. En muchos lugares, los laicos han pasado de colaborar con el sacerdote a reemplazarlo. Pero sin sacerdote no hay Eucaristía, y sin Eucaristía no hay Iglesia. Donde el sacerdote desaparece o es marginado, la Iglesia entra en su fase terminal.
- La fe no se reinventa
- La referencia sigue siendo el Catecismo de la Iglesia Católica, fruto del discernimiento del episcopado universal y aprobado por san Juan Pablo II. La Revelación no es una teoría científica que se corrige con el tiempo. Si incluso las palabras de Jesús son tratadas como “superadas”, se ha cruzado un límite grave.
Bautismo, fe y filiación divina
No somos automáticamente hijos de Dios. Lo somos en Cristo. Quien rechaza la divinidad de Jesús no puede, al mismo tiempo, tener al Padre en plenitud. Jesús es claro: quien tiene al Hijo, tiene al Padre. No hay otro camino.
- El relativismo paraliza la misión
- Decir que “todas las religiones salvan por igual” vuelve absurda la Encarnación, la Cruz y la fundación de la Iglesia. ¿Para qué misioneros como san Francisco Javier entregaron su vida? ¿Para qué Dios se hizo hombre? Pensar lo contrario no es apertura: es una herejía que apaga el fuego misionero.
Misericordia, juicio y verdad
Dios es misericordioso, pero también justo. Jesús habla del juicio, de la puerta estrecha, del esfuerzo necesario para entrar. El pecado es real y mortal si no es arrepentido. La misericordia no elimina la conversión: la exige. De eso trata el “nacer de nuevo” por el agua y el Espíritu.
- Contra la “religión emocional”
- La verdad no depende de lo que sentimos. Hoy cada uno crea su “verdad”, pero la verdad auténtica es objetiva y permanece. Dios creó al ser humano hombre: varón y mujer. El cuerpo importa. Sin una verdad compartida, la unidad es solo una ilusión emocional.
La verdad divide, y eso es inevitable
Jesús mismo habló de la espada que divide. No se puede suavizar la verdad sin deformarla. La verdad revela dónde está cada uno frente a ella. La polarización no se evita diluyendo la fe.
- Crítica a la sinodalidad mal entendida
- La Iglesia no necesita redefinir verdades esenciales en procesos interminables. Según Eleganti, muchas dinámicas sinodales terminan girando sobre sí mismas y alejando a la Iglesia de su misión principal: anunciar a Cristo. La sinodalidad se convierte así en un código para introducir cambios doctrinales y morales según el espíritu del tiempo.
El cardenal Joseph Zen lo dijo con fuerza: invocar constantemente al Espíritu Santo para legitimar ideas propias puede llegar a ser algo gravemente irresponsable. Los métodos de “mesas redondas” silencian voces en lugar de escucharlas.
No somos más sabios que los santos.
No conocemos hoy a Jesús mejor que los apóstoles ni tenemos una moral superior. El progreso tecnológico no nos ha hecho más santos. No es la fe la que necesita revisión: somos nosotros.
- Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. No hay un “nuevo paradigma” que supere la verdad revelada. No existe una “nueva Iglesia” que reemplace a la de siempre. Lo que sí existe es una llamada permanente —renovada por el Concilio Vaticano II— a la santidad personal.
