Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA 

En un mundo obsesionado con lo inmediato, con lo que pasa rápido y se olvida aún más rápido, Dios a veces nos habla desde el silencio… y desde el tiempo.

En Puebla, México, dentro del templo de San Francisco, descansa el cuerpo incorrupto de un hombre que no fue sacerdote, ni obispo, ni teólogo famoso. Fue algo mucho más cercano a nosotros: un trabajador, un laico, un hombre sencillo que decidió tomarse en serio el Evangelio.

  • Su nombre es Sebastián de Aparicio

Nació en España en 1502. Emigró al Nuevo Mundo buscando trabajo, como tantos. Fue agricultor, carretero, comerciante. Construyó caminos en la Nueva España cuando casi no existían, facilitando el transporte, el comercio… y la vida. Pero mientras levantaba caminos de tierra, Dios iba trazando en él un camino hacia el cielo.

Sebastián nunca se conformó con vivir “correctamente”. Vivía con una fe profunda, radical, silenciosa. Ayudaba a los pobres, compartía lo que tenía, y entendió algo que muchos olvidamos:

  • la santidad no comienza cuando uno deja el mundo, sino cuando deja que Dios transforme su corazón dentro del mundo.

A los 72 años, cuando muchos pensarían en descansar, Sebastián tomó una decisión que sorprendió a todos: ingresó como hermano laico franciscano. Renunció a lo poco que le quedaba, abrazó la pobreza evangélica y se entregó por completo a Dios.

  • Murió en 1600

Y aquí ocurre algo que interpela profundamente nuestra fe…

Su cuerpo permanece incorrupto.

Más de cuatro siglos después, su cuerpo se conserva sin corrupción, expuesto a la veneración de los fieles. No como una curiosidad, sino como un signo. Un signo que la Iglesia contempla con prudencia, pero también con esperanza: Dios glorifica a quienes le fueron fieles.

Sebastián de Aparicio fue beatificado en 1789. Hoy, espera la canonización, mientras miles de fieles acuden a su tumba, pidiendo su intercesión, confiando en su ejemplo, aprendiendo de su vida escondida.

Su mensaje es claro y actual:

Se puede ser santo siendo laico.

Se puede ser santo viviendo lo ordinario con amor extraordinario.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Contenido Protegido