Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA

¿A qué se refiere exactamente el Credo cuando dice que Jesús «descendió a los infiernos”?

Imagina que es el Sábado Santo. El cuerpo de Jesús yace en el sepulcro, pero Su alma, unida a Su divinidad, no está inactiva. El Credo nos detalla este movimiento como: Jesús «descendió a los infiernos».

  • Aquí, la palabra latina utilizada es inferos, que no se refiere al «infierno de los condenados» (llamada infernum), sino al Sheol de los judíos o el Hades de los griegos. El lugar donde residían todos los que habían muerto antes de Cristo, tanto los justos como los injustos.

Antes de la Resurrección, las puertas del cielo estaban cerradas por el pecado de Adán. Los patriarcas, los profetas y los justos, de Abel a Juan el Bautista, esperaban en una especie de «sala de espera» espiritual que la tradición llama el Seno de Abraham. Estaban privados de la visión beatífica de Dios, en un silencio expectante. Jesús desciende allí.

  • Para salvarnos, Jesús tuvo que experimentar la muerte totalmente. Descender a los infiernos significa que Cristo llegó al punto más bajo de la existencia humana: la separación del alma y el cuerpo que produce la muerte. Él no «fingió» morir; Él entró en el estado de muerte en el que se encontraban todos los seres humanos.

Hay una antigua homilía del Sábado Santo que describe una escena estremecedora: Jesús entra en las sombras del abismo y busca a Adán, el primer hombre. Lo toma de la mano y le dice: «Despierta, tú que duermes… Yo no te he creado para que permanezcas prisionero en el abismo». Es el momento en que el final de la historia se encuentra con el principio. Jesús no baja a castigar, baja a buscar a Sus padres en la fe para decirles que la espera de milenios ha terminado. El que fue expulsado del Paraíso es ahora el primero en ser invitado a regresar por el Nuevo Adán.

  • Es vital aclarar, como dicta el Catecismo en el número 633, que Jesús no bajó a liberar a los condenados ni a destruir el infierno de la perdición. Su descenso fue para anunciar la Buena Nueva a los espíritus que estaban ahí retenidos. Para los justos, la llegada de Jesús fue la luz al final de un túnel eterno; para los que habían rechazado a Dios, Su presencia fue la confirmación de su elección definitiva. Cristo establece la justicia en el corazón mismo de la muerte.

En la antigüedad, se visualizaba la muerte como un soberano tiránico que guardaba sus llaves con celo. El descenso de Jesús es visto en la teología patrística como un «asalto». Al entrar en el Sheol, Cristo rompe los cerrojos de hierro. No pide permiso; entra con la autoridad del Creador. San Pedro lo explica en su primera carta: «Cristo murió… y en su espíritu fue a predicar a los espíritus encarcelados» (1 Pe 3, 18-19).

  • Este es el blindaje de nuestra esperanza: ya no hay ningún rincón del universo, ni siquiera la muerte misma, que no haya sido visitado y redimido por Cristo. Si Dios bajó hasta el lugar de los muertos, significa que no hay soledad humana que Él no pueda alcanzar. El descenso a los infiernos es la garantía de que la misericordia de Dios no tiene fronteras geográficas ni espirituales.

Los profetas que habían anunciado al Mesías estaban ahí. Imagina a Isaías, a Jeremías, a David… todos reconociendo de pronto las llagas del Cordero. El descenso a los infiernos es la «graduación» de todo el Antiguo Testamento. Sin este paso, la Biblia sería un libro de promesas rotas. Al bajar ahí, Jesús valida cada sacrificio, cada oración y cada esperanza de los que murieron confiando en la promesa de Dios.

  • En la cultura antigua, la mayor tragedia de la muerte era el olvido; el Sheol era el lugar donde «Dios ya no se acuerda de ti». Al descender a los infiernos, Jesús destruye el olvido. Él demuestra que Dios se acuerda de cada ser humano que ha vivido, incluso de aquellos que murieron miles de años antes de que Él naciera en Belén. El descenso es la declaración de que cada vida humana tiene un valor eterno y que nadie es «desechable» para la Providencia.

Jesús ofrece Su propia muerte como el sacrificio final que abre las puertas del cielo. En ese momento, el «Seno de Abraham» se disuelve porque la presencia de Cristo lo transforma en Paraíso. Donde está Jesús, está el Cielo. Por eso, el descenso no es un viaje de derrota, sino la procesión triunfal del Rey que arrastra tras de sí a una multitud de cautivos hacia la luz.

  • ¿Qué significa esto para ti hoy? Significa que cuando enfrentas el duelo, la enfermedad o tu propia finitud, no caminas a un territorio desconocido. Jesús ya estuvo ahí. Él ha «mapeado» la muerte y ha dejado una salida abierta. El blindaje de la fe católica nos dice que la muerte ya no es un muro, sino una puerta que Jesús abrió desde adentro.

Para el cristiano del siglo XXI, saber que Jesús descendió a los infiernos es el antídoto contra la desesperación. Si Él pudo rescatar a Adán del abismo de los siglos, puede rescatarte a ti de cualquier abismo de depresión, pecado o falta de sentido. Ningún «infierno» personal es demasiado profundo para el brazo de Cristo.

  • Este misterio nos revela el rostro más empático de Dios. Él no se limitó a salvarnos desde un trono celestial; bajó a compartir nuestra peor pesadilla: la tumba. Así como Jesús bajó a buscar a los que estaban en las sombras, nosotros somos enviados a las «periferias existenciales», a los lugares donde la gente se siente muerta en vida, para anunciarles que la Luz ha llegado.

A veces sentimos que la vida es un «infierno»: una adicción que no nos suelta, una relación rota o un pasado que nos persigue. El Credo nos grita hoy: ¡Cristo ya bajó ahí! No tienes que subir tú solo a Dios; Él ya bajó a la profundidad de tu miseria para tomarte de la mano y sacarte. El descenso de Cristo es la prueba de que Dios no te espera a que seas perfecto para amarte; te busca en el lugar más oscuro donde te hayas escondido.

  • Descender a los infiernos es el acto de amor más extremo de la historia. Es Dios diciendo: «Iré a donde tú estés, aunque sea al fondo del abismo, para no perderte». Al rezar el Credo, recuerda que esa frase es tu seguro de vida eterna. Las llaves de la muerte ahora cuelgan del cinturón de Jesús.

La próxima vez que te sientas solo o abandonado, recuerda el Sábado Santo. En el silencio más absoluto, Dios estaba trabajando. En la oscuridad más profunda, la Luz estaba venciendo. El descenso a los infiernos es el prólogo necesario de la Resurrección. No hay domingo de gloria sin el sábado de descenso. Confía: Aquel que bajó a los abismos es el mismo que hoy te invita a subir con Él a la gloria.

Ahora, acompáñame a rezar el Credo de los Apóstoles juntos.

  • Creo en Dios, Padre Todopoderoso,
  • Creador del cielo y de la tierra.
  • Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor,
  • que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
  • nació de Santa María Virgen,
  • padeció bajo el poder de Poncio Pilato
  • fue crucificado, muerto y sepultado,
  • descendió a los infiernos,
  • al tercer día resucitó de entre los muertos,
  • subió a los cielos
  • y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
  • Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
  • Creo en el Espíritu Santo,
  • la santa Iglesia católica,
  • la comunión de los santos,
  • el perdón de los pecados,
  • la resurrección de la carne
  • y la vida eterna.
  • Amén.

Entonces, ¿A qué se refiere exactamente el Credo cuando dice que Jesús «descendió a los infiernos”?

  • Cuando el Credo dice que Jesús «descendió a los infiernos», se refiere a que Cristo experimentó la muerte real y visitó el lugar de los muertos (el Sheol o Seno de Abraham) para liberar a las almas de los justos que esperaban al Redentor, abriéndoles por primera vez las puertas del Cielo y demostrando Su victoria total sobre el poder de la muerte.

Leíste bien. La fe explicada con sencillez:

https://www.holify.app/holiwhy/detalle/2072/descendio-a-los-infiernos

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