Por Gisselle Rodríguez López
Una tarde en San Andrés Tuxtla siempre tiene un aire especial, como si el tiempo se detuviera entre el verdor de sus montañas y el murmullo constante de sus ríos.
El sol, ya inclinado hacia el poniente, tiñe de tonos dorados los tejados rojos del centro histórico, mientras las campanas de la Catedral de San José y San Andrés repican suavemente, recordando la profunda tradición religiosa de este pueblo.
Caminar por sus calles es reencontrarse con historias antiguas: las leyendas de brujas que habitaban en los alrededores de la Laguna Encantada, o los relatos de viajeros que en el siglo XIX describían a San Andrés como un rincón vibrante de comercio, tabaco y caña de azúcar.
Entre los muros de piedra y las viejas casonas aún parece escucharse el eco de conversaciones de arrieros y ferrocarrileros que dieron vida a la ciudad. El ambiente huele a café recién tostado, a tabaco seco que se escapa de los talleres y a pan dulce que las familias ofrecen en las aceras.
Los vendedores ambulantes llenan las calles con pregones que se entrelazan con la música de marimba y jarana, recordando la riqueza del son jarocho que aquí florece.
El folklor se hace presente en cada rincón: en los globos de papel que vuelan durante las festividades, en los trajes de las fiestas patronales y en las historias que los abuelos cuentan al caer la tarde.
Así, San Andrés Tuxtla no es solo un pueblo enclavado en las montañas del sur de Veracruz; es un lugar donde conviven la memoria y la vida cotidiana, donde cada tarde es una invitación a mirar su pasado con orgullo y a sentir la magia que aún palpita en sus calles. https://www.facebook.com/share/p/1CKrTuXgPp/
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