Redacción/PERIODICO SAGRADA FAMILIA

En una tierra lejana vivía una gallina que siempre había soñado con tener hijos. Con amor y dedicación, recogía sus huevos, los cubría con plumas, los calentaba con su cuerpo y los protegía de todos los peligros. Creía que, invirtiendo todo su amor, la vida le respondería de la misma manera.

Pero un día estalló una tormenta. Los relámpagos surcaron el cielo, el viento arrancó árboles, la lluvia lo inundó todo. Cuando todo se calmó, la gallina corrió a su nido. Se le rompió el corazón al ver las cáscaras rotas, los huevos destrozados, su sueño hecho añicos.

Se sentó junto al nido y lloró. No podía creer que todo por lo que había vivido se hubiera desvanecido en un instante.

Poco después, pasó por allí una vieja tortuga. Al ver a la gallina llorando, se detuvo y le preguntó en voz baja: ¿Por qué lloras?

–He dado todo mi amor, lo he hecho todo… pero el destino me lo ha arrebatado todo. ¿Por qué? ¿No merecía un poco de felicidad?

La tortuga suspiró y dijo

–¿Crees que la vida es injusta? ¿Y si es así por naturaleza? El Sol sale y se pone, los árboles crecen y luego mueren, llega la tormenta y se lleva lo más frágil. No podemos detener el viento ni mantener las hojas en los árboles cuando llega el otoño. ¿Por qué culparse por algo que no se puede cambiar?

La gallina miró su nido destruido.

–Pero, ¿cómo puedo seguir adelante? Mi sueño se ha desvanecido…

La tortuga le sonrió sabiamente:

–Simplemente sigue viviendo. Si la tormenta se ha llevado tu esperanza, encuentra dentro de ti la fuerza para construir una nueva. Si tus viejos sueños se han hecho añicos, deja que nazcan otros nuevos. La vida no se detiene en las pérdidas, sino que continúa en el valor de volver a empezar.

La gallina asintió en silencio. Las lágrimas seguían resbalando por sus plumas, pero una nueva conciencia florecía en su interior. No podía recuperar lo que había perdido, pero podía encontrar en sí misma la fuerza para empezar de nuevo.

A partir de ese día, la gallina ya no lloró por lo que no podía cambiar. Aprendió a no temer a las tormentas, sino a mirar al cielo con la certeza de que, después de cada tormenta, el Sol siempre vuelve a brillar.

Moraleja: en la vida ocurren cosas que no podemos controlar. Podemos llorar, podemos luchar, podemos culparnos, pero nada cambiará el pasado. Lo único que realmente importa es aceptar lo que ha sido, aprender de ello y seguir viviendo, con valentía y esperanza. Autor anónimo.

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