Por Gisselle Rodríguez López
Santa Misa
MIÉRCOLES DE CENIZA
18 DE FEBRERO DE 2026
HOMILÍA
+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA
Primera Lectura. Del Libro del Profeta Joel 2, 12-18: Enluten su corazón y no sus vestidos.
Salmo Responsorial. Del Salmo 50: Misericordia, Señor, hemos pecado.
Segunda Lectura. De la Segunda Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 5, 20–6, 2: Aprovechen este tiempo favorable para reconciliarse con Dios.
Aclamación antes del Evangelio. Cfr. Sal 94, 8: Hagámosle caso al Señor, que nos dice: “No endurezcan su corazón”.
Evangelio. Del Santo Evangelio según San Mateo 6, 1-6. 16-18: Tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Queridos hermanos:
En la Primera Lectura el profeta Joel nos introduce en la espiritualidad del tiempo de Cuaresma: nos invita a hacer un camino personal y comunitario hacia la Pascua. Ello pide una purificación de nuestros corazones para hacer sitio en ellos al Señor Jesús Resucitado, un impulso para una oración que sea diálogo amoroso con el Padre, una liberación de la obsesión por nuestro bienestar moderando la satisfacción de nuestros deseos y compartiendo nuestros bienes, muchos o pocos, con los necesitados.
Camino de conversión, que está hecho de oración, ayuno y limosna, típicos de la Cuaresma. Aunque, no lo olvidemos, no son fines en sí mismos, como si todo en la vida cristiana dependiera de nosotros. Son medios para templar el espíritu y poder vivir con fe y alegría la Pascua del Señor.
El profeta Joel presenta la conversión, como un cambio de vida desde el interior de cada uno y del pueblo mismo: “Todavía es tiempo. Vuélvanse a mí de todo corazón, con ayunos, con lágrimas y llanto; enluten su corazón y no sus vestidos”. Una conversión que implica a todos, sin distinción de edades, desde los niños a los ancianos y sin distinción de estados o funciones, desde los padres de familia a los sacerdotes.
Y describe la conversión como un gran movimiento de esperanza: aunque algunos nos pregunten: ¿Dónde está tu Dios? Podemos responder convencidos: está aquí y ahora con nosotros, perdonando siempre, acercándonos los unos a los otros y a todos con Él: reconciliándonos “porque Dios es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad”.
En el Evangelio del Miércoles de Ceniza se nos invita a reflexionar un pasaje evangélico de San Mateo que proclamamos como un elogio a cuidar nuestra interioridad. No tiene nada que ver con el intimismo de algunas espiritualidades. La práctica del fariseísmo buscaba la justicia desde la exterioridad. Jesús confronta lo que supone “ser visto por los hombres”, “tocar la trompeta”, “ser honrados por los hombres”, “rezar en pie para que los vea la gente”, “hacer ver a la gente que ayunan”. Las prácticas cuaresmales tienen su sentido, y son eficaces, cuando lejos de buscar el reconocimiento y la congratulación de los demás, pasan desapercibidas y se las dejamos ver sólo al Padre celestial. Es el “secreto” de la propia conciencia, la clausura de los propios sentimientos, a los que sólo el Padre tiene acceso. Ahí nos habla y ahí le escuchamos. Una religión sin interioridad, y sin una interioridad gozosa, libre y fraterna, no es cristiana.
Las imágenes que usa el evangelista San Mateo para describir ese mostrarse ante Dios son de una profunda y sencilla belleza y de una elocuencia rica, abundante, intensa y llena de significado: cuando des limosna “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”, cuando ores “entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre”, cuando ayunes “perfúmate la cabeza y lávate la cara”. La práctica de la justicia, la limosna y la oración son gratas a Dios cuando no buscamos con ellas el aplauso de los hombres. En su relación con el Padre, Jesús ha valorado sobre todo la interioridad. Algunos pensadores la han percibido como un constitutivo fundamental de la condición humana. Un espacio que debemos cuidar mediante la lectura, la reflexión, la maduración de los sentimientos, la valoración propia de los acontecimientos, la oración. Es desde nuestra interioridad desde la que accedemos al Padre que nos recompensa.
En la Segunda Lectura el Apóstol San Pablo se siente enviado para exhortarnos: “En nombre de Cristo les pedimos que se reconcilien con Dios”.
La reconciliación es un deseo universal en una humanidad desangrada por los conflictos y la violencia. Nuestras divisiones y distancias no son consignas pesimistas con que analicemos el pasado y el presente. Tristemente, palpamos las fracturas en la vida familiar, en los intereses económicos, en la política nacional e internacional. No corren buenos tiempos para los sueños de pacífico encuentro. Las proclamaciones de fraternidad universal quedan en poco más que teoría bienintencionada. También en la conciencia y el corazón de cada uno está presente la disociación entre lo que queremos ser y lo que, de hecho, logramos o no logramos ser. El pecado afecta tanto a las personas como a las estructuras. Los reiterados fracasos en el ámbito personal y en las sociedades y sus instituciones nos invitan a pensar que la fuente definitiva de la reconciliación no está en nosotros, por perfectos que logremos ser, sino en Dios que nos la regala en Jesús. Su muerte y resurrección son una promesa de un mundo y una humanidad nuevos. La Cuaresma es un tiempo de apertura de nuestros corazones y nuestras mentes a la reconciliación que Dios nos ofrece: “Conviértanse y crean el Evangelio” es, decir: la aceptación del Evangelio de Jesús como propuesta y norma de vida.
El Papa León XIV en su Mensaje de Cuaresma nos dice: La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas. Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.
El Santo Padre León XIV en parte final de su Mensaje de Cuaresma nos invita a pedir la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. A pedir la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.
Queridos hermanos les invito a preguntarnos:
¿Cuáles son nuestros sentimientos y actitudes al adentrarnos en este tiempo de gracia que es la Cuaresma?
¿Qué debemos convertir en nuestro interior para hacer sitio al Padre que nos reconcilia?
¿Qué debemos cambiar en nuestras prácticas religiosas para purificarlas de herencia farisea y hacerlas más genuinamente cristianas?
Es realmente difícil hacer un giro significativo en nuestra personalidad y en nuestra mentalidad. Están tan arraigadas nuestras actitudes y formas de ver la vida que resulta poco probable mirarnos de forma autocrítica y desarraigar nuestras conductas tóxicas. Un grito de alerta nos puede ayudar a cambiar el rumbo de la vida. El inicio de la Cuaresma es una llamada a mirarnos con transparencia y a actuar en consecuencia. Dios no se cansa de esperarnos con los brazos abiertos. Que al recibir la Ceniza nos comprometamos a poner en práctica los medios necesarios para escuchar la Palabra de Dios y dejar que Dios nos vaya trasformando nuestro interior. Tengamos siempre presente que nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación. Dios nos bendiga. Que así sea.
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