Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA
En el día del periodista 4 de enero del 2026 reconocido por el Estado mexicano y que la profesión del periodista es parte fundamental en la vida de cada mexicano, y dónde no hay lugar para la retórica triunfalista. Solo queda una verdad incómoda, repetida año tras año con mayor crudeza: México es el segundo país más peligroso del mundo para ejercer el periodismo, apenas detrás de la devastada Franja de Gaza. En lo que va del año, nueve periodistas han sido asesinados, 28 han desaparecido y decenas más han sufrido amenazas, hostigamientos, espionaje digital o persecución judicial. Muchas de esas agresiones no provienen de grupos criminales en la sombra, sino directamente de quienes ocupan cargos públicos, de instituciones que deberían garantizar su seguridad y, en cambio, se convierten en sus verdugos.
Ejercer el periodismo en México ya no es solo una profesión: es una decisión de vida que se toma con los ojos abiertos al riesgo. Cada reportaje, cada entrevista, cada publicación pueden convertirse en la antesala de una amenaza, un despido, una campaña de desprestigio o, en el peor de los casos, una desaparición forzada.
Y es que, en este país, el periodista no muere por azar. Muere porque su trabajo incomoda. Muere porque revela lo que otros quieren ocultar. Muere porque en un entramado donde el poder —político, económico, criminal— se entrelaza sin pudor, la verdad se ha vuelto un bien peligroso.
El Estado, lejos de proteger, muchas veces actúa como agresor o, al menos, como cómplice por omisión. La impunidad ronda el 99% en los casos de agresiones contra periodistas. Las investigaciones son lentas, mal hechas o directamente simuladas. Los expedientes se archivan antes de que puedan tocar a los verdaderos responsables. Y mientras tanto, el mensaje se repite con fuerza: si hablas, estás solo.
Peor aún es el lenguaje. Desde las más altas esferas del poder, se ha normalizado estigmatizar al periodista: se le llama “carroñero”, “zopilote”, “enemigo del pueblo”. No es casual. Primero se lo deshumaniza; después, se lo ataca. Y cuando cae, ya no es una tragedia: es un “precio a pagar”.
Pero en medio de este panorama, los periodistas no han callado. Siguen investigando en condiciones precarias, sin seguros, sin redes de protección reales, muchas veces sin siquiera un salario digno. Siguen publicando desde ciudades pequeñas, desde zonas de conflicto, desde redacciones que operan al filo del colapso. Y lo hacen no por vocación de mártires, sino por lealtad a un principio elemental: que los ciudadanos tienen derecho a saber.
En este contexto, la solidaridad gremial no es una consigna vacía. Es una estrategia de supervivencia. Porque en México, defender a un periodista agredido es defender a todos. Porque el silencio ante la injusticia ajena es el primer paso hacia la propia vulnerabilidad.
Y también es cierto que, sin el respaldo de la sociedad, el periodismo no sobrevive. El ciudadano que comparte una nota, que exige justicia por un colega desaparecido, que rechaza el discurso estigmatizante, se convierte en parte esencial de esta resistencia. Porque sin periodistas no hay información veraz; sin información, no hay democracia real; y sin democracia, la impunidad se vuelve ley.
Por eso, en este Día del Periodista, no celebramos. Resistimos. Denunciamos. Honramos a quienes ya no están y acompañamos a quienes siguen en la trinchera. Porque en México, en 2026, ejercer el periodismo —con rigor, con ética, con coraje— sigue siendo, más que nunca, un acto de dignidad. Y esa dignidad merece respeto, protección y memoria.
Fuente: JAC para Notimex
