Por Gisselle Rodríguez López
Una maestra estaba calificando las tareas de sus alumnos.
Mientras tanto, su esposo caminaba por la casa pegado al celular, clavado en su juego favorito. Suscríbete, Actívate y sigue el #periodicosagradafamiliadiocesiscancunchetumal
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Cuando la maestra llegó al último cuaderno, empezó a llorar en silencio.
El esposo la notó y le preguntó:
— ¿Qué pasó?
Ella respondió:
— Ayer les dejé a mis alumnos un escrito con el tema: “MI DESEO”.
El esposo insistió:
— ¿Y por qué lloras?
Conteniendo las lágrimas, la maestra dijo:
— Al corregir el último, no pude evitarlo…
Curioso, él preguntó:
— ¿Qué decía?
La maestra comenzó a leer:
«Mi deseo es convertirme en un celular.
Mis papás quieren mucho a su celular.
Lo cuidan tan bien que a veces se olvidan de cuidarme a mí.
Cuando mi papá llega cansado del trabajo, tiene tiempo para su celular, pero no para mí.
Cuando mis papás están ocupados y suena el teléfono, contestan de inmediato… pero conmigo no es igual, aunque yo esté llorando.
Juegan con su celular, pero no juegan conmigo.
Cuando hablan por teléfono, no me escuchan, aunque yo les diga algo importante.
Por eso, mi deseo es convertirme en un celular.»
El esposo, conmovido, preguntó:
— ¿Quién escribió eso?
La maestra, con los ojos llenos de lágrimas, contestó:
— Nuestro hijo.
Progenitores, no olviden esto:
Los aparatos electrónicos son útiles, pero están para hacernos la vida más fácil, no para sustituir el amor hacia nuestra familia.
Los niños ven, sienten y aprenden de todo lo que pasa a su alrededor.
Esas experiencias marcan su corazón para toda la vida.
Démosles amor, tiempo y atención, para que crezcan con valores verdaderos y no con carencias emocionales.
