Por Gisselle Rodríguez López
La tormenta se cierne sobre el horizonte, un manto de nubes oscuras que parece tragarse la luz del día. El viento aúlla con una tristeza que resuena en el alma, y la lluvia cae con una monotonía que parece no tener fin.
La tormenta es un reflejo de mi estado de ánimo, un eco de la tristeza y la melancolía que me consume. Cada trueno es un recordatorio de los miedos y las dudas que me atormentan, cada relámpago es un destello de la incertidumbre que me rodea, pero al final es el Señor que se manifiesta a la humanidad.
La tormenta me hace sentir pequeña y vulnerable, un grano de arena en un mar tempestuoso. Me hace preguntar si hay algún refugio seguro, algún lugar donde pueda encontrar paz y tranquilidad.
Pero la lluvia no cesa, y yo me quedo aquí, esperando a que pase, esperando a que la calma vuelva a mi vida. Pero ¿cuándo llegará esa calma? ¿Cuándo cesarán los truenos y la lluvia? Solo el Dios que controla el tiempo lo dirá.
